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Mil ciento veintitrés son los kilómetros que separan a Víctor y a Lautaro, mejores amigos de la infancia. Mil ciento veintitrés es una distancia cuantificable, medible, pero bien podría ser infinita, porque lo que importa es que el otro está lejos, no está acá. El mundo que es su amistad se estira como una banda elástica: no se rompe pero se transfigura, se pone a prueba, cambia, aún no está claro en qué sentidos. Desde el principio, aparece la cuestión de la distancia: Víctor le pregunta a Lautaro si en su casa también empezó la tormenta, porque ahora está la chance del desfasaje. Hay algo de esa existencia cotidiana que se pierde o, al menos, que se pone en duda. Así y todo, esta no es una obra pesimista, sino más bien lo contrario. Mil ciento veintitrés escenifica un vínculo a punto de cambiar, quizás para siempre, pero que Víctor y Lautaro se esfuerzan por mantener vivo.

Una semana después de ver la obra, mi amiga más antigua, que conozco hace diez años, con la que atravesé las turbulencias de la adolescencia y con la que ahora atravieso las incertidumbres de la juventud, me dijo que tiene planes muy serios de irse a vivir a Córdoba. Digamos que no me tomé la noticia muy bien. (Sí, obviamente me alegro por ella y quiero que sea feliz, pero eso no evita que duela). Googleo la distancia a Córdoba: 696.4 kilómetros. Es casi la mitad de la distancia que separa a Víctor y a Lautaro. Podría ser peor. Pero igual, la única medida es: lejos. Ahora, escribo la reseña pensando no solo en los protagonistas de la obra, sino en mi amiga y yo.

Mil ciento veintitrés tiene un equipo y elenco compuesto por creadores jóvenes. La directora y dramaturga es Ana Schimelman, que también dirigió Las cuerdas y Ryan, hermano motor. En esta obra participa en la música y como extra en algunas escenas. Los amigos son interpretados por Felipe Ramusio Mora y Manuel Caponi, que tienen una química tan verosímil que es difícil creer que no sean amigos en la vida real. El personaje de Víctor es sincero, inocente y abierto; Lautaro es un poco más seco y esquivo. Esas diferencias determinan la dinámica de su relación y las cosas que dicen con palabras y las que se dan a entender solo con gestos.

La obra es una conversación eterna y diferida entre Víctor y Lautaro. Hablan por teléfono y por MSN (con el ping del mensaje que evoca épocas nostálgicas para quienes nos quedamos hasta la madrugada chateando y mandando emojis). Los amigos actúan los recuerdos que compartieron juntos, literalmente vuelven el tiempo atrás. Actúan los momentos de iniciación, como la primera vez que fumaron un pucho (robado) juntos, la primera vez que salieron de levante a un boliche, la primera vez que hablaron de tener novia. Lautaro hace dibujos que solo él y Víctor entienden, hacen rituales a la Luna, juegan a ser superhéroes, reflexionan, cantan y conversan sobre la nada, lo que haga falta para seguir escuchando la voz, o la respiración, del otro, como garantía de que sigue ahí.

El espacio escénico está partido en dos: de un lado, el cuarto de Lautaro, con objetos azules y una caja llena de trofeos, y del otro, el cuarto de Víctor, con elementos rojos. Al inicio, los actores se quedan en sus respectivas habitaciones, no cruzan las fronteras. A medida que pasa el tiempo, los límites se esfuman: Víctor cruza al cuarto de Lautaro, Lautaro al de Víctor, recreando sus recuerdos, como si estuvieran sucediendo en ese momento, porque en el recuerdo (y gracias a la magia del teatro), se suspenden las leyes de la física. La dicotomía inicial de la escenografía se rompe y, tanto los espacios como los protagonistas, se vuelven porosos.

Mil ciento veintitrés es un homenaje chiquito y reconfortante a un amigo con el que se compartieron muchas primeras veces. Creo que lo que hace a esas amistades antiguas tan especiales es justamente eso, haber vivido con el otro cosas por primera vez. No vuelve a pasar cuando crecemos, al menos no así: esas primeras alegrías demasiado intensas y esas primeras tristezas que te dan ganas de hundirte. También, esos momentos que después idealizamos cuando quedan atrás. Con mi amiga compartimos tanto que me cuesta recordar cosas puntuales, los momentos chiquitos se mezclan con los grandes. Me acuerdo de la primera vez que reprobamos un examen a los catorce, de cómo me soportó llorando sin parar después de que me rompieran el corazón por primera vez (y todas las veces que siguieron), de cuando se recibió y yo estuve, de cuando yo me recibí y ella estuvo, de nuestras charlas de crisis porque ahora somos adultas de verdad y no entendemos cómo pasó.

Pienso en la frase de Joana D’Alessio que dice que la amistad es “un hilito que nadie suelta. Una conversación que se puede retomar en cualquier punto y en cualquier lugar del mundo”. Con 1.123 o 696.4 kilómetros de distancia, quiero creer que tiene razón.

Ficha técnico artística

Dirección y dramaturgia: Ana Schimelman

Intérpretes: Felipe Ramusio Mora, Manuel Caponi

Diseño sonoro: Ana Sofía

Músicos en escena: Ana Schimelman, Ana Sofía, Débora Toranzo

Diseño de iluminación: Emanuel Parga

Diseño de vestuario y escenografía: Felipe Ramusio Mora

Colaboración artística: Martina Coraita

Comunicación, producción y asistencia general: Débora Toranzo

Grafica: Felipe Ramusio Mora

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