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A la manera de Salamone que fue capaz de poblar la provincia de Buenos Aires con monumentos, fachadas y edificios en tal solo cuatro años, el protagonista de esta obra tiene la misión de realizar los bustos de todos los próceres nacionales a lo largo del país.

Un proyecto magnánimo, una obra pública que tiene sus cimientos en los deseos más privados de formar parte de la escritura de la historia con el propio arte. ¿Tiene el arte una función social? ¿Es una forma de legitimar a los artistas nacionales? ¿Tiene el estado la responsabilidad de legitimarlos? ¿El valor de la obra es la forma más pura o está, más bien, en los sentidos que va adquiriendo a lo largo del tiempo, en su perduración o extinción?

Como la gran aporía de las vanguardias, contra quienes reniega el escultor, su excentricidad se vuelve norma en el momento en el que ingresa a los concursos nacionales. Antes de su realización, la idea de obra va tomando el peso de la ausencia, de lo importante que aún no se hace. En un siglo plagado de cuchilleros, bandoleros, indios, inmigraciones en puerta (y no precisamente los esperados, sino los feos, los sucios y malos obreros militantes de distintas partes de Europa), se impone proyectar la cultura nacional hacia lo que hubiésemos querido ser. A cien años de las revoluciones independentistas, urge poblar de relatos la llanura. En un país donde el gran éxito nacional es la historia de un gaucho desertor, fugitivo de la patria, asesino, ¿cómo hacer para volver a indicar el camino de la civilización?

Che me fui por las ramas. La obra es sobre un escultor que va apuntando en un diario las reflexiones de su propio proceso como artista. Todavía no comenzó a trabajar sobre el proyecto de los bustos ni lo hará nunca. Siglos más adelante -digamos, los años noventa, como en un programa de Federico Klemm- la televisión revisará su vida planteando un problema nuevo: ¿las huellas que dejó la obra no realizada constituyen una obra?

Como verán, La Obra Pública da para flashar groso. En los últimos años se estuvo revisando a los personajes, historias y territorios nacionales del siglo XIX. Esta obra, escrita por Ignacio Bartolone y Juan Laxagueborde, se inscribe en esa tendencia. Aborda el principio del siglo XX, el rol del artista como trabajador, la relación del estado con la legitimación del arte, la relación del arte con el dinero. La historia oficial como un discurso que se puede fundar y refundar. Cuenta con la realización en escena del sonido, diseño de Franco Calluso. Tiene la sorpresa del teatro bien hecho en donde un recurso bien utilizado resulta siempre novedoso.

Además de la complejidad de la trama, la obra está llevada con mucho humor, gracias a la onda de Julián Cabrera que habla gracioso y se mueve gracioso a vez que se desespera. Tiene algo que nos encantó y es la posibilidad de ver la construcción de un personaje. También su destrucción. En el ocaso de la obra no terminada, ciertas historias descansan hasta que alguien las encuentre, como luces que se apagan en una sala hasta la próxima función.

Ficha técnico artística

Dramaturgia: Ignacio Bartolone, Juan Laxagueborde
Actúan: Julián Cabrera, Franco Calluso
Participación: Alix Cobelo, Valeria López Muñoz
Iluminación: Martín Fernández Paponi
Diseño de vestuario: Merlina Molina Castaño
Diseño sonoro: Franco Calluso
Música original: Franco Calluso
Diseño De Iluminación: Claudio Del Bianco
Fotografía: Lucera Tv
Ejecución Musical En Vivo: Franco Calluso
Diseño gráfico: Leo Balistieri
Asistencia de dirección: Victoria Beheran
Prensa: Marisol Cambre
Producción Audiovisual: Lucera Tv
Producción ejecutiva: Joaquín Sesma
Producción general: Malena Schnitzer
Diseño de movimientos: Florencia Vecino
Dirección de arte: Merlina Molina Castaño, Jorge Sesán
Dirección: Ignacio Bartolone

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