Lo primero que se ve en Flotando apenas es una imagen cinematográfica: dos personajes aterrorizados que gritan en un barco a la deriva bajo una tempestad. La escena está compuesta de oscuridad, rostros iluminados por linternas con efecto deformante que se prenden y apagan y el sonido de un río embravecido junto con los golpes de la embarcación contra lo que pueden ser troncos, piedras o saltos de agua.
Luego la escena funde a negro (lo que vimos antes, como en algunas películas, no es el comienzo sino el final de la historia) y arranca el relato que desencadenará en aquello adelantado al espectador a modo de advertencia: el final trágico.
Sobre esos pilares: un escenario pelado (solo hay tres sillas que servirán alternativamente de habitación, muelle o barco), una luz fija y el resto manejadas desde linternas, sonido preciso y narrativo y actuaciones desbordantes y convincentes se monta la muy entrañable y queridísima Flotando apenas, opus dos del actor, dramaturgo y director Juan Azar, que se dio a conocer en 2023 con la también novedosa y perspicaz Elena de a ratos (aún en cartelera en Espacio Polonia), que habla de actuación, apariciones y fuerzas mediúmnicas.
La historia aquí tiene otros ribetes y sucede en otros paisajes. El río sobre la costa del Litoral, adonde llega una pareja de estafadores para perpetrar su último atraco: la captura de un pez mágico y sanador que se le revela solo a aquellos que aman al río.
Juan Azar como un remero y pescador solitario, inocente e ingenuo que conoce los vericuetos íntimos de aquellas aguas a las que ofrenda devoción, Valentino Naughton, como un estafador y manipulador casi arltiano y Zoe Baez, de elegancia actoral infinita como la sufriente compinche del estafador que, en realidad, sueña con ser actriz. Estos son los encargados de relatar la historia. (Ellos tres, alternativamente, compondrán otros dos personajes: un cabo y un comisario de la policía local.)
El efecto de la obra, desde el comienzo, es de inmersión absoluta, luego el espectador acepta todas las convenciones, como un bote deslizándose sobre el agua a partir de los movimientos corporales de un actor.
La obra no carece de suspenso (sabemos que hay un final trágico), de artilugios, vericuetos, ni de humor, que aparece siempre serpenteando los bordes de una costa ríspida y enmarañada.
También hay una teoría sobre la actuación, así como en Elena de a ratos se la vinculaba con el sonambulismo y los estados sobrenaturales, aquí aparece relacionada con la estafa, la duplicación, el engaño y las ansias.
No menos elocuente es el texto, que alcanza estados donde la lírica y el humor desopilante se encuentran y superponen en parlamentos de inmensa potencia algo que vimos en Edipo en Ezeiza de Pompeyo Audivert y que aquí adquiere momentos de intensidad análogos.
La novela policial negra, la trama del farsante, la ambición material, los sueños infantiles y el melodrama, agitado por la inmensa gracia de Zoe Baez, que debe enamorar a otro en un juego de engaños que se revela como un arma suicida, acuden también a esta cita inesperada entre la realidad y el teatro.
Un entramado diverso y sorpresivo, pero a la vez campero, artesanal y pueblerinamente argentino, es el que anima con toque fantástico apenas flotando, que si arrastra vidas a submundos acuáticos deja sobre la superficie la ternura y el encantamiento de cierto respirar plebeyo.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Juan Azar
Actúan: Juan Azar, Zoe Baez, Valentino Naughton
Vestuario: Pepe Arias, Mariela Peroni
Diseño De Iluminación: Juan Pablo Galimberti
Pinturas: Panchopepe
Asistencia de dirección: Micaela Franco
Dirección: Juan Azar



