Corre el año 1809 y algo huele a tormenta. Tropical, sin dudas, porque Carlota Joaquina y-un-nombre-que-sigue-en-otro-nombre-y-doble-apellido ha sido desterrada y depositada en un castillo en tierras del Brasil. Algo del ambiente lo indica y su parlamento inicial lo comprueba: el sonido es otro, la luz, el clima y el paisaje, también. Suenan músicas por la ventana y una cortina separa ese sonido de la escena recluida de esta mujer de alta alcurnia.
La sensación de que la soledad hace estragos en la gente se tensa con el ímpetu de Joaquina quien se sabe dueña de un destino mayor y prometedor. Es reconfortante, en cierto punto, observar a una mujer hablar así, en pleno siglo diecinueve. A la vez, es aterrador. No solo porque está lejos de su tierra natal, sino porque hay algo de su relato irreverente que resulta, además de cautivante, atropellado. El conocimiento general del público en las independencias latinoamericanas -que más que algo de un día, reconocemos como un proceso largo que devino por una concatenación de situaciones allá y acá- se despierta al escuchar insultos a Napoleón.
[Esto me da pie para contar una anécdota sobre el estreno: había una chica a la salida hablando de su acompañante con otro, su tono se oía extranjero. Otro escuchó y le preguntó de dónde era. Tuvieron, más o menos, este diálogo:
Ella: – De Italia. / Él: -Uh te re quedaste afuera. / Ella: -No, yo entendí todo. / Él: -No, me refería al mundial.
Me pregunto: cómo se entiende la historia de un lado y del otro mundo.]
Sin embargo, más allá de lo que podamos imaginar, lo cierto es que todavía reina la Corona Española en el territorio del Río de La Plata y una promesa sobrevuela el futuro de Joaquina: ser la reina del plata. Su pasión irrefrenable, sus ansias de crecer y su odio por los hombres en Europa (su marido, su hermano y su primo), la prepararon toda su vida para ese momento de comunión junto a la historia de las Indias Americanas.
Bárbara Massó es la intrigante y Ariel Mele es su sirviente. Están juntos y recluidos en el castillo tropical mientras reciben y escriben misivas. De algunas, las más urgentes, no obtienen respuestas inmediatas. Pero hay otras que llegan de la tierra vecina con prometedoras noticias y propuestas. Los embarrados-enlodados del al lado, una especie de descamisados de principios de siglo diecinueve, empiezan a aparecer. Circula el nombre prometedor de Manuel Belgrano a quien, a pesar de no verlo, sentimos en su extensión, en su letra y en la estela que dejará en el castillo al ser invitado.
Esta locura solo se puede construir y sostener con un texto sólido que nos convence, también, por la solidez de los personajes. Todo funciona: lo que es pensamiento es pensando y también sentido por Joaquina en toda su profundidad. Hay descargas de deseo, una lívido que se activa con el poder posible para una mujer. Un poder político, de gestión y también sobre la territoritorialidad del cuerpo, que le permite odiar hasta intentar matar y deseas hasta hablar de su entrepierna con soltura. Por otro lado, está quien la acompaña: un hombre resistente a las tocaduras e intrigante también por los vaivenes de la historia; de La Historia, que está hecha de trabajadores y trabajadoras desde los tiempos más remotos. Es quien escribe las cartas y construye un sistema de signos paralelo al verbal, con sus gestualidades pequeñas que opinan sobre el curso de los hechos.
Casi un año en donde se desarrollan tardes y noches que parece un día solo: así es como miramos los acontecimientos que dan origen a las efemérides, como si fuera un pop, una bomba, un estallido, algo que ocurre en un solo momento. Y ellos dos son los protagonistas de esta historia, aunque La Historia los haya dejado de lado. Se presentan y se despiden a la anchura de sus trajes y maquillajes, con dignidad, con estilo, con un porte imperial, en un cambio de época donde los barrosos, tal vez, serán quienes definan el destino de esas tierras y de más allá del océano también.
Ficha técnico artística
Autoría: Juan Ignacio Fernández
Actúan: Bárbara Massó, Ariel Mele
Pelucas: Alejo Moisés
Diseño de maquillaje: Adam Efron
Diseño de vestuario: Uriel Cistaro
Diseño de escenografía: Uriel Cistaro
Realización de escenografia: Guido Azqueta Mozzi
Realización de vestuario: Patricia Mizraji, Juan Pomilio
Realización Set-electric: JES TORTUL
Música En Vivo: Gali Dundun
Diseño De Iluminación: Facundo David
Fotografía: Nora Lezano
Diseño gráfico: Karina Hernandez
Asistencia de dirección: Florencea Fernández
Prensa: Varas & Otero
Producción ejecutiva: Marcia Rivas
Producción general: María Carámbula
Coreografía: Rodrigo Onasis Arena
Puesta en escena: Uriel Cistaro, Jimena del Pozo Peñalva, Facundo David
Dirección: Jimena del Pozo Peñalva