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En el medio de la oscuridad hay una plataforma sobre la que una chica gira sobre sí misma, en la misma pose, la vemos girar como si estuviéramos mirando a la bailarina dentro de una cajita musical. Da vueltas sin hablar, suena apenas una música, por sus manos pasan carteles con palabras. Vamos armando frases que nadie dice. En el centro de todo está el silencio, para que le prestemos atención, para adentrarnos y bucear en él, es que ¿cómo se puede hablar de lo inexplicable? ¿Cómo hablar cuando nadie escucha del otro lado? ¿Se puede hablar de eso que todos prefieren evitar?

Poco a poco el silencio inicial se quiebra y ella, la chica de la caja musical, protagonista y narradora de esta historia, comienza a contarnos su relato. Entre palabras y canciones cantadas por ella, nos habla del viaje que realizó con su madre, el que parecía un sueño perfecto y que terminó en pesadilla. El viaje del que vuelve siendo huérfana, arrojada a una nueva realidad que todavía no comprende y bajo los efectos de un trauma del que nadie quiere escucharla hablar demasiado, o al menos no con tanto detalle. Durante el relato, viajamos junto con ella y su madre a Europa, sentimos la turbulencia del avión, somos testigos de sus caminatas por las calles de la ciudad donde se hospedan y luego, del desconcierto, del miedo, del no entender. Hay huecos en el relato, elementos que no se narran y que nunca le dejarán contar a esa chica que cede ante el pedido de discreción que le hacen sus interlocutores que no quieren saber tanto.

Mientras todos prefieren que la hija calle la muerte de su madre, que no sea tan explícita, la oscuridad crece dentro suyo, y ella busca entender lo imposible, nadar a través de la ausencia. Pero ni los datos ni las palabras son lo más importante en la narración de esta historia. Son los gestos de la actriz, Carolina Saade, su voz en las canciones, las ilusiones ópticas, las maquetas, las siluetas del teatro de sombras, los elementos del teatro de objetos, del musical, los títeres y muñecos que maneja Gerardo Porión. Los cruces de tradiciones son los recursos de esta obra para adentrarnos no solo en el relato sino en la mente del personaje, para hipnotizarnos, hundirnos en la lisergia y volvernos parte de ese mal sueño o mal viaje en el que parece haberse convertido la vida de la protagonista.

“Hay pues en el duelo (en el de este tipo, el mío) una domesticación radical y nueva de la muerte; pues, antes, sólo era saber prestado (torpe, venido de los otros, de la filosofía, etc.), pero, ahora, es mi saber” dice Roland Barthes en una de las entradas de su Diario del duelo, escrito en los dos años que siguieron a la muerte de su madre. Y Menos detalles parece escarbar ahí, en esa singularidad de la pérdida. Indaga en todas las maniobras para romper el silencio ante la muerte, para hablar de la experiencia íntima del duelo, intransferible y única. Propone otras formas de hablar de una ausencia que nadie vive de la misma manera. Busca formas de mostrar cómo se siente esa impotencia, de lo únicos e incomprendidos que nos hace sentir el dolor, lo pequeños que nos vuelve. La obra parece estar contándonos sobre la imposibilidad de la lengua común para el duelo y a la vez, al mismo tiempo, del intento por acercarse a los otros. Y hay muchas formas de contar, con palabras, pero también con colores, objetos, sombras y siluetas que, al principio, cuesta descifrar. Si miramos con atención esas sombras, encontramos el sentido de las figuras, delineamos los monstruos detrás de las pantallas. Los fantasmas se hacen presentes como las formas de los objetos que nos engañan y mutan cuando todo está oscuro. Ahí están, siempre a la espera y se vuelven más grandes al iluminarlos. Pero también se revela la fantasía como la posibilidad de que todo pueda convertirse en otra cosa, como en el juego, como en lo que se crea a partir de la ausencia, el color que nos atrapa para vivir un rato en otra realidad.

Podríamos decir que Menos detalles, la nueva creación de Gustavo Tarrío con texto de Rocío Gómez Cantero y un equipazo, trata sobre la soledad que se atraviesa en el proceso de un duelo. Pero también, que nos propone adentramos en el silencio y que nos dejemos hipnotizar por el artificio de las luces, para encontramos con todas esas cosas que no pueden ponerse en palabras, pero se pueden hacer visibles, vívidas, hermosas, también como puede ser una pesadilla o como el alivio de aclararse los ojos al despertar.

Ficha técnico artística

Guión: Gustavo Tarrío
Texto: Rocío Gómez Cantero
Actúan: Gerardo Porión, Carolina Saade
Vestuario: Paola Delgado
Diseño de arte: Paola Delgado
Diseño de títeres: Gerardo Porión
Realización de escenografia: Francisco Arando, Agustin Valle
Canciones: Gustavo Tarrío, Pablo Viotti
Realización de títeres: Gerardo Porión
Música original: Pablo Viotti
Diseño De Iluminación: Fernando Berreta
Fotografía: Nacho Lunadei
Comunicación: Rebeca Crespo Diaz
Diseño gráfico: Estudio Gráfico Trineo
Asistencia de dirección: Julian Gimenez Zapiola
Prensa: Marisol Cambre
Producción general: Valeria Casielles, Rocío Gómez Cantero
Diseño de movimientos: Milva Leonardi
Dirección: Gustavo Tarrío

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