Con entradas gratuitas en el Centro Cultural Borges, los sábados a las 20 y viernes a las 17, Nido de lagarto cierra el tríptico Teatro animal del dramaturgo y director cordobés Franco Verdoia. Protagonizada por Silvina Sabater y Horacio Acosta, la obra explora la pasión, el deseo y el paso del tiempo en la vida de dos amantes, mostrando cómo es posible reinventarse incluso cuando el cuerpo y el tiempo dejan sus marcas.
Una luz tenue y sensual, acompasada por una música que instala cierta calma, baña la escena y revela su centro. Allí, una cama a medio hacer desordena el tiempo; un pijama de seda exhala un resto de intimidad y unas paredes de ladrillo, abiertas y quebradas, presagian que algo está a punto de ceder, de desmoronarse.
Estamos en un hotel de mala muerte. Podría ser uno de esos al borde de la ruta donde, desde hace tiempo, los relatos insisten en mostrarnos a conductores con sus amantes o a prófugos escapando de la justicia. Pero aquí no se trata de eso. En esta habitación de albergue comenzará a fermentar, en unos minutos, una pasión que late en el suspiro, pero que también marca el pulso del tiempo.
Nido de lagarto (2026), la última pieza del tríptico Teatro animal, irrumpe en la escena nacional no solo para contar una historia, sino para rozar una herida: ¿cómo se ama cuando el tiempo ha dejado sus marcas? ¿Cómo se insiste en el deseo cuando el cuerpo cae? Aquí, como en el universo de Pedro Almodóvar, el amor no es solo cuestión de aprendizaje, sino de reinventarse, disfrazarse y devenir siempre —cuerpo— otro.
La trama es sólida y contundente: La Gloria (Silvina Sabater) y el Vasco (Horacio Acosta) son dos amantes que han sabido encontrar, en la pasión de dos cuerpos envejecidos, su nido. Así, en cada encuentro que sucede en esa misma habitación, no solo se filtrará la vida —los chismes del pueblo, la familia, lo que fue y lo que nunca llegó a ser entre ellos—, sino también algo más profundo: la enfermedad, los duelos y el paso del tiempo. Aferrados a un pasado que todavía late, envejecerán en el mismo gesto en que se reencuentran, dando lugar a una nostalgia que no es solo recuerdo, sino también una forma del presente.
Pero… ¿y si el mundo empieza a caer? ¿Si el tiempo, ese remordimiento que no se va, insiste como una astilla en la conciencia? Estructurada en bloques que se separan por elipsis temporales, la obra construye su respuesta para ser leída desde la piel: como texto, como memoria o como un devenir-lagarto; de aquellos que resisten y se adaptan en la sombra del deseo cuando todo lo demás se apaga.
Vinculando nuevamente drama y comedia, con una precisión que sabe rozar las zonas más hondas de la experiencia, Nido de lagarto afina y expande el talento de Verdoia, Sabater y Acosta. En la escritura, Franco vuelve sobre la huella —la metáfora encarnada, la metonimia insistente, la antropomorfología como deriva— para abrir capas que no se clausuran, sino que tienden puentes. Como en Late el corazón de un perro (2019-2025) o Matar un elefante (2024-2025), el devenir animal —en términos de Gilles Deleuze y Félix Guattari— no es figura, sino fuga: una transformación que desarma lo humano y lo empuja fuera de su domesticación.
Por su parte, tanto Silvina como Horacio inscriben el conflicto en la piel desde una entrega total: visceral, expuesta, sin resguardo. Haciéndolo arder, lo vuelven territorio, sangre y carne para que los aplausos desborden y el público les devuelva cada gesto de pie, en un acto compartido.
En la madurez de su pensamiento, Paul Valéry escribió una de sus frases más bellas: “Lo más profundo es la piel”. Tal vez sea eso lo que Nido de lagarto deja vibrando: cuando no hay fondo al que descender, no hay verdad escondida, porque todo ocurre en la superficie: en el roce, en la herida, en el contacto; en una piel que no cubre, sino que revela, como un tatuaje o una foto guardada, como bien saben los personajes.
Para que, en el abrazo de dos cuerpos —menudos, gastados, vivos—, el tiempo ceda. O desaparezca. Devenga animal. Y, en ese gesto mínimo, intentar —apenas— peinar el alma.
“Contarle a todos nuestra historia y aquello que nos robó el tiempo”.
Ficha técnico artística
Elenco: Silvina Sabater, Horacio Acosta
Dramaturgia y Dirección: Franco Verdoia
Asistencia De Dirección: Débora Torres, Matías López Stordeur
Diseño De Escenografía y Vestuario: Cecilia Zuvialde
Música y Diseño Sonoro: Ian Shifres
Diseño De Iluminación: Franco Verdoia, Matías López Stordeur
Comunicación y Prensa: Caro Alfonso
Producción Ejecutiva: Débora Torres, Matías López Stordeur