Una sombra voraz está en cartel en Buenos Aires y en Atenas, hasta hace muy poco tiempo. Mientras sigue su vida en la cartelera porteña con Diego Velázquez y Patricio Aramburu, la obra se presentó con actores griegos en el teatro Onassis Stegi de la capital de Grecia, en una especie de simultaneidad que no responde tanto a una estrategia como a un recorrido que se fue armando casi sin proponérselo del todo. Nos sentamos a charlar con Mariano Pensotti a propósito de ese movimiento, de esa obra que parece no quedarse quieta, y de una lógica de expansión que es más bien una forma de trabajo que se sostiene en el tiempo.
Todo empezó con una invitación del Festival de Avignon que hace dos años le propuso hacer una pieza con ciertas condiciones específicas: dos actores francófonos, un formato chico, y una obra que pudiera armarse y desarmarse en el día para girar por distintos pueblos. A partir de ahí empezó a tomar forma algo que con el tiempo se volvió mucho más que un encargo puntual. “Al principio no estábamos muy seguros como grupo de hacerlo, veníamos medio quemados con mucho laburo y también sentíamos que era un poco forzado el formato porque siempre trabajamos con actores y actrices argentinas, con gente que conocemos mucho y que colabora en el armado de las obras, pero había algo tentador en el cambio, veníamos de hacer obras con escenografías cada vez más grandes, con estructuras más pesadas, y esto sonaba como algo más ligero”.
La decisión de hacerlo terminó abriendo una puerta inesperada, no solo por el formato sino por la lógica de trabajo. La primera versión se hizo en Avignon con actores franceses que viajaron a Buenos Aires para ensayar, se metieron de lleno en el circuito independiente local, compartieron procesos, vieron obras, trabajaron en un galpón en Chacarita. Después vino una segunda versión en Viena en el festival Wiener Festwochen con actores germanoparlantes, más tarde la de Buenos Aires y en medio de todo ese recorrido apareció Atenas, donde la obra se reconfigura una vez más con un nuevo elenco y en otro idioma.
Ese movimiento constante no es solo geográfico sino también conceptual, porque aunque la obra haya nacido en un contexto internacional, su núcleo está atravesado por algo profundamente argentino. “Hubo casos de cuerpos de personas desaparecidas que empezaron a reaparecer en distintas montañas del mundo por el cambio climático, y viniendo de la Argentina eso de cuerpos desaparecidos que vuelven a reaparecer tiene un significado muy particular. Y por otro lado, yo tenía ganas de trabajar sobre personas cuyas vidas fueron transformadas en películas, la clásica `basada en hechos reales´, entonces mezclé esas dos ideas y a partir de ahí surgió la historia”.
Si hoy resulta bastante natural pensar en Pensotti como uno de los nombres más internacionalizados del teatro argentino, su propio relato va en otra dirección, menos épica y bastante más concreta. “No lo tengo muy presente, sí tengo la conciencia del privilegio, pero nunca dejo de perder la noción de que realmente es una cosa extraordinaria, ojalá le pudiera pasar a mucha más gente, porque hay muchísimos grupos tan buenos o mucho mejores que nosotros que no tienen esa posibilidad”.
En esa mirada aparece enseguida el contexto, las condiciones, lo que hace posible o no ese recorrido. “Es una lástima que la Argentina no haga nada por promover institucionalmente que otros grupos giren en el exterior, porque la realidad es que en Argentina más allá del FIBA, no hay una Oficina de Promoción del Teatro Argentino en el exterior, nadie te paga los pasajes, nadie te ayuda a mandar la escenografía, nadie te paga las traducciones, todas cosas que otros países hacen para fomentar a sus a sus artistas afuera.”
Lejos de cualquier idea de glamour, viajar termina siendo muchas veces una estrategia para sostener el trabajo. “Nosotros hacemos obras afuera porque es la única forma que conseguimos de poder financiarlas, de poder hacerlas, de que los actores cobren”, dice, y enseguida aparece algo más, casi como una declaración de principios que atraviesa toda su práctica, “si pudiéramos elegir haríamos las obras acá, sería hermoso poder trabajar y producir en Argentina con condiciones que permitan sostener los procesos en el tiempo”.
Ese recorrido, que hoy parece consolidado, tiene un punto de inicio muy claro que él mismo no duda en señalar. El FIBA fue clave, no solo como vidriera sino como espacio de producción en un momento en que el festival contaba con recursos muy distintos a los actuales. Allí se gestó La Marea, una obra para espacio público que marcó el comienzo de todo, no solo porque fue la primera que viajó sino porque de ahí toma su nombre el grupo.
A partir de esa experiencia empezaron a aparecer los contactos, los programadores, las invitaciones que luego derivaron en funciones y nuevas producciones en Europa. Un contexto que, como él mismo señala, también cambió con el tiempo, con menos presupuesto, menos circulación y un foco cada vez más local en los festivales europeos.
Sin embargo, incluso en ese escenario, su postura se mantiene bastante firme. “No sirve de mucho especular con el tema de viajar afuera, si te desesperás por eso es probable que no funcione. No existe algo así como una obra para festivales internacionales, lo importante es que sea algo relevante primero para vos y para tu contexto, en nuestro caso seguimos pensando en el público argentino como lo principal”.
La frase resuena especialmente en una escena donde el deseo de internacionalización aparece muchas veces como horizonte. En lugar de ofrecer una fórmula, lo que propone es casi lo contrario, una forma de insistencia en lo propio, en lo cercano, en aquello que tiene sentido antes de cualquier posible circulación.
En ese sentido, el trabajo en grupo aparece como otra de las claves de su recorrido. Desde hace más de veinte años, Pensotti trabaja junto al Grupo Marea, integrado por Mariana Tirantte, Florencia Wasser, Diego Vainer y él, junto a colaboradores cercanos como David Seldes, Matías Sendón y Alejandro Leroux, y una serie de actores y actrices con los que fueron construyendo una poética en común como Susi Pampín, Diego Velázquez, Marcelo Subiotto o Javier Lorenzo.
“Las obras no las hago yo solo, las hacemos en un grupo, y creo que eso también fue fundamental para poder sostenernos, para no dejar de hacer cosas, para seguir generando a lo largo de los años”. En un contexto donde muchas veces los proyectos se arman y desarman con cada obra, la persistencia de una compañía en el tiempo no es menor. Y en eso, su recorrido dialoga con otros grupos de la escena local como Piel de Lava o el Grupo Krapp, que también lograron sostener una identidad colectiva a lo largo de los años, aun en condiciones muchas veces adversas.
Pensotti lo plantea también en términos concretos, señalando la falta de políticas que acompañen ese tipo de procesos en Argentina, a diferencia de países como Holanda o Bélgica donde existen apoyos sostenidos a compañías. En ese marco, sostener un grupo durante dos décadas no es solo una elección estética sino también una forma de insistencia.
Mientras Una sombra voraz sigue mutando, cambiando de idioma, de actores, de ciudad, hay algo que permanece. No tanto en la forma de la obra sino en la manera en que se construye, en esa insistencia en el trabajo colectivo, en la decisión de seguir pensando el teatro desde un lugar situado, incluso cuando ese teatro termina viajando. Y tal vez ahí esté lo más interesante de todo, no en la idea de una obra que circula por el mundo sino en la de un grupo que, sin dejar de moverse, nunca terminó de correrse del todo de donde empezó.






