A veces pensamos que nuestras familias son un verdadero desastre y el drama acecha en nuestra historia personal. Recuerdos de gritos para algunas cosas y de susurros, para otras. Sin embargo, hay un ejercicio necesario a la hora de mirar el pasado: recordar la infancia o la adolescencia no como un hecho aislado y propio, sino como una experiencia colectiva específica, en cierto tiempo y en determinado lugar. Las condiciones materiales de existencia. Un poquito de determinismo histórico para entender por qué fue así y no de otra forma. Para ver que lo que nos pasó, también le pasó a otros; o bien, así como nosotras tuvimos eso, otras tuvieron otra cosa, peor o mejor en relación a aquellas condiciones. En definitiva, el drama propio de telenovela, en una época, era monera corriente en nuestra experiencia. Para quienes crecimos con la tele en el medio del caos, un culebrón -con llanto, risa, secretos, informaciones sabidas y silenciadas, amantes, deseos reprimidos, embarazos no deseados, deudas, muertes inesperadas- son nuestra arena de debate para entender el tiempo pasado.
En Una casa en Biarritz ocurren muchas cosas y el tufillo a telenovela dramática, también cómica, se huele desde que entrás a la casa ubicada en la calle Biarritz 2334, en Villa del Parque. De lo que se trata es de una familia que atraviesa una tormenta. Hay un clima tenso, el aire está sobrecargado de data y hay una necesidad de ocultar ciertas emociones, aunque ya se filtran en cada mirada y palabra que sale de la boca de los personajes. Tiene todos los condimentos de una telenovela argentina de finales de los noventas. En parte, por eso, es una obra atractiva para todo el mundo. Juega con un código universal que, gracias a nuestra memoria afectiva y nuestra educación sentimental, nos resuena y nos resulta en cierto punto cómoda de ver, a pesar de que trabaja directamente con la incomodidad.
La propuesta tiene, sin embargo, un extra. Es una obra en una casa y la casa es el escenario de la obra. Quiero decir que se nos invita a sentarnos en un living comedor como espectadores pero también como espías. [Acá me es imposible no pensar en las peleas que veíamos en otras casas, cuando nos invitaban a dormir o, al revés, cuando una amiguita venía a casa y tenía justo la suerte de ver el bardo de mi propia familia]. Se nos indica que elijamos a un personaje y que lo sigamos adónde vaya, ofreciendo así una experiencia de la cercanía y del secreto. La adrenalina siempre se agita cuando tenemos a los y las intérpretes cerca. Aquí la maquinaria telenovela echa a andar con todas sus fuerzas y se adelanta a sí misma: al elegir, dejamos algo afuera. Vamos a la cocina, luego al comedor. Vamos al quincho, luego al comedor. Mientras la historia sigue, la mente se activa en lo que vemos y también en lo que no vemos. Hay algo que no sabemos y nunca vamos a saber. Solo tenemos nuestras conjeturas.
Una casa en Biarritz propone una experiencia divertida y una forma fresca de hacer teatro. Es una pelea ganada contra la ociosidad del espacio y contra el espectador pasivo. Recolecta información de la telenovela, del drama, de la tragedia y de la comedia para exponer una serie de problemas en una familia en donde sus miembros tienen varias cuentas pendientes. Llegó la hora de encarar los problemas de amor, traición y dinero para vislumbrar un futuro posible. Empieza en una mesa argentina, espacio que reúne malas y buenas noticias desde el comienzo de los tiempos. En ese living comedor, donde cuatro personas -madre, padre, hijo y novio del hijo- se reúnen con la excusa de cenar, se libra una especie de batalla final, necesaria y latente, y se esparce por el resto de la casa a otros espacios en donde, por suerte, estamos invitados a espiar.
Ficha técnico artística
Idea: Catherine Biquard
Dramaturgia: Agustín León Pruzzo
Actúan: Catherine Biquard, Wenceslao Blanco, Hernan Herrera Nobile, Maxi Sarramone
Actuación en video: Abian Vainstein
Presentador: Dana Chacón
Voz en Off: Eva Adonaylo, Pochi Ducasse
Fotografía: Stella Maris Oviedo
Gestión: Patricia Bordenave, Ania Vainstein
Asistencia: Dana Chacón
Producción: Catherine Biquard
Coreografía: Gabriela Baratchart
Dirección de actores: Graciela Muñiz
Dirección general: Catherine Biquard