Imperdible
90'

Un problema de archivo. Una de las cosas más difíciles a la hora de hablar de productos ficcionales es su diferenciación con la realidad. Supongo que es porque las comedias románticas condicionaron nuestros deseos; las películas de acción nos informaron que los héroes eran los que se ocupaban de la justicia por mano propia; la representación de países cercanos o lejanos, bajo el lente de Estados Unidos y como periferia de Europa, definió la verdadera violencia que se vive en nuestros propios territorios. En definitiva, todo lo que vimos, nos condiciona. Todo lo que leímos, también. La ficción es un relato que se construye a veces como desestabilizador de lo real porque se impregna de anhelos de todo tipo: solidarios y mezquinos. Así, lo real queda atado a la sombra de lo que parece mejor, más adecuado a lo que pensamos que tiene que ser, mientras que el valor de lo ficcional se resquebraja porque pierde su naturaleza creativa para volverse lo contrario.

A mí me interesa cuando la ficción reaparece como posibilidad de imaginar. Por ejemplo, cuando dice verdades veladas, enterradas en tiempos remotos donde no había lugar para la ficción y el discurso de la verdad se imponía como forma única de narrar una época. Podríamos echar una mirada a lo que ocurre con la literatura: hay un fanatismo por exigirle que nos devuelva finales felices y si eso no está, su función parece ser la de entristecernos el doble: por lo que cuenta, pero también por lo que no cuenta. Sin embargo, aceptar la naturaleza ficcional de lo que ocurre en cualquier artificio puede ser el camino para comprender su poder. Hablo de la representación de elementos ausentes, de secretos del tiempo, de formas de vida que no conocemos, de otras realidades diferentes a la nuestra. Esto es, también, una manera de intervenir en el archivo y de crear nuevas sensibilidades sobre las cosas.

Una sombra hambrienta. La nueva producción de Grupo Marea es una obra para espectadores valientes. Dos hombres que no se conocen terminan por vivir emociones del otro para estamparse la cara con el producto de lo que cada uno es. Julián Vidal tiene una vida excepcional, de libro o de película, y Manuel Rojas tiene una vida dedicada a representar lo que está en los libros y lo que aparece en las películas. Les toca encontrarse, estudiarse, y avanzar en un proyecto de interés para los dos: filmar la experiencia pasada del primero subiendo la cumbre del Annapurna. Nadie es tan armonioso como creemos y la miseria es mucho más infinita de lo que podemos entender. Asistir a esta obra es adentrarse en esos laberintos de humanidad y, como todo buen teatro, terminar haciéndose preguntas sobre la propia existencia. ¿Qué herramientas tenemos para discernir entre lo que es ficción y lo que pertenece a la realidad? ¿Cuáles para saber qué relato merece nuestra vida a la hora de ser contada? ¿Qué tenemos que hacer con el archivo que heredamos? Ese archivo, familiar, personal, histórico, político, ¿nos condiciona, nos moldea, nos ordena, dirige nuestros destinos? Al mismo tiempo, es la propuesta de amigarse con lo pedazos de los que estamos hechos y encontrar ahí elementos tan mágicos e inesperados como siniestros y fantásticos.

Al archivo es una sombra. En esta obra, los personajes terminan cambiados al enfrentarse con varias versiones de sí mismos. Esas versiones les permite explorar a cada uno universos reales y ficcionales al punto de descubrir, como algo que aparece entre los escombros, que la realidad algunas veces resulta inverosímil con respecto a nuestra propia vida y que otras veces la ficción es la única alternativa para contar cosas que no pudieron ser registradas, clasificadas y archivadas en su tiempo. Pero esto es engañoso, porque la obra propone varios niveles ficcionales: intradiegéticamente, la película se queda corta con respecto a la realidad. Al interior de esa ficción, quienes son creadores, eligen el camino del que hablaba al comienzo, el de magnificar rasgos secundarios, fundamentales para la audiencia (otra sombra voraz), y disminuir lo que ocurre por debajo, en la vida de los personajes abordados por la doble ficción de la que son parte (la de filmar una vida, la de una vida que se dispone para filmar). Entre Julián y Marcos, sin ponerse de acuerdo, suceden cosas. Descubren cómo son y cómo quieren ser en sus diferentes roles. El alpinista con respecto a un modelo, el actor con respecto al alpinista, el alpinista con respecto al actor, el actor con respecto al hombre que es. Todos estos intercambios son movimientos al interior de sus subjetividades y los llevan a retransitar lugares y espacios con una mirada extrañada. En esa mediación aparece la tensión y también el aprendizaje: lo que parecía fracaso emerge como conquista y viceversa. Vidas que se anhelan pero también vidas que se desprecian, vidas que se prestan y decisiones que se abandonan y otras que se conquistan.

Una sombra voraz, como todos los proyectos de Mariano Pensotti, nos ofrece una experiencia redonda. En ella, hay una paradoja: como espectadora, me tranquiliza el poder ver una obra que no deja elementos sueltos, en donde todo cierra de acuerdo a su propia poética. Por otro lado, en el tiempo que dura, propone un paseo por lugares oscuros e incómodos de la existencia lo que podría resultar, por momentos, en el efecto contrario. En esos movimientos se desarrolla esta propuesta que abarca el problema de la construcción de las personas desde sus aspectos emocionales y sociales que son, a su vez, problemas de archivo porque tienen que ver con la acumulación de historias previas, caminos transitados por otros, relatos externos, herencias. El final, que es realista, es decir, soporta la categoría de real y ficcional a la vez, confirma el poder que tiene el prestarle atención a la vida de los otros para terminar adquiriendo ciertas sabidurías que se aplicarán a la nuestra.

Ficha técnico artística

Equipo artístico

Texto y dirección: Mariano Pensotti     

Elenco: Diego Velazquez, Patricio Aramburu                                                             

Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte                                           

Música: Diego Vainer

Luces: David Seldes

Colaboración artística y Producción: Florencia Wasser

Dramaturgista: Aljoscha Begrich

Prensa: Marisol Cambre

Fotos: Sebastián Arpesella

Colaboración en Producción: Zoilo Garcés

Reposición de iluminación: Facundo David

Asistencia de escenografía y vestuario: Lara Stilstein

Asistencia de dirección: Juan Francisco Reato    

 

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