“La lógica colectiva es la clave de nuestra subsistencia”, entrevista a Juan Onofri Barbato

En Veneno, Juan Onofri Barbato vuelve al unipersonal para explorar el clima social y político contemporáneo desde el cuerpo. Conversamos con él acerca del proceso de creación de la obra, de la vitalidad como forma de resistencia y de los desafíos que enfrenta hoy el campo de la danza.

—¿Cómo surge la idea de hacer Veneno?

Veneno surge a principios de 2024, aunque empieza a gestarse hacia fines de 2023. De alguna manera es una extensión —muy distinta— de Vendohumo, la última obra que hicimos con Elisa Carricajo, pero una extensión en el sentido de que, si bien cambia totalmente su formato en términos de espacio, de técnica y de uso de la palabra, sigo estando solo en escena, aunque siempre con un equipo atrás, por supuesto. Hay algo de esa inercia que viene de ahí, pero el trabajo atiende a la preocupación y al estado social que se inaugura con la llegada del gobierno de Javier Milei y con la confirmación de que estamos frente a un gobierno de ultraderecha, con tintes fascistas. Entonces empiezo como artista a preocuparme, de cómo veo los cuerpos en la calle, en mis clases, en el teatro, en los espacios que habito cotidianamente, ya que soy una persona que estoy en fricción con otras personas.

Empiezo a notar que estamos frente a un escenario distinto, que impacta mucho en la salud mental, esta forma tan beligerante de comunicación que se instala y que es por supuesto un fenómeno global. Todo eso obviamente me afecta, me empuja a probar un trabajo coreográfico que pueda resonar de alguna manera.

Pero son temas inabarcables, y tampoco me interesa hacer obras que hablen de algo de una sola cosa, de manera unidireccional. Es más como un estado de situación, que yo intento encarnar y de alguna manera sublimar.

—¿Cuál fue el proceso de creación de la obra?

El proceso de creación para mí fue muy divertido, en algún punto me hizo bien. Como siempre poder bailar y poder llevar el cuerpo a esas intensidades me ofrece salud, básicamente, y este proceso me lo permitió. Me permitió jugar en ese sentido, y si bien es un proceso que tiene mucha intensidad corporal, tuvo la particularidad de que se hizo todo el tiempo al aire libre. Nunca ensayé en una sala. Trabajé en el patio de Planta Inclan, en plazas y sobre todo en la terraza de la Fundación Andreani, durante el invierno de 2024, que fue un invierno que tuvo días muy fríos, sobre todo en julio y agosto que es cuando ensayé más fuerte, entonces tuvo algo también interesante de sobreponerse al frío. Yo tenía la idea de trabajar en cueros, así que el desafío era sobreponerse al frío a través de la danza, a través del movimiento. Eso fue un desafío interesante también, eso me hizo bien, fue un proceso de mucha vitalidad. Esa vitalidad para mí es la que necesita para ofrecer algún tipo de resistencia y de contraposición a las políticas neofascistas que se han puesto de moda. No solo de vitalizar a mi cuerpo sino de ofrecer prácticas de vitalización. Son las maneras que encuentro para darle esta fuerza de resistencia y de sublimación.

—¿Cómo ves la situación de la danza hoy, en este contexto social y político?

Siempre es difícil para mí hacer un balance de la situación. De un tiempo a esta parte, lo que veo es lo difícil, lo costoso económicamente y lo inviable que se ha vuelto producir obras de danza.

Vivimos en una situación muy acuciante de vida. Muy difícil. Con esquemas económicos muy complejos de mantener.

Pedirle a alguien que ensaye durante meses cobrando muy poco o nada es cada vez más difícil. Incluso cuando se consigue algún financiamiento para sostener un proceso, que es bastante extraordinario, el dinero nunca está realmente en relación con el costo de vida en la Argentina actual.

Pero más allá de lo económico que afecta obviamente muchísimo a nuestras prácticas, como síntoma de esta dificultad para producir y pensar danza, tengo la sensación de que muchas obras no están pudiendo dar cuenta del estado inusual y exacerbado de violencia y de complejidad política en el que estamos inmersos.

Creo que ahí también hay una autocrítica que tenemos que hacernos como hacedores de danza: de cuán preocupados estamos por incidir en este presente desde nuestras obras y nuestras formas de organización.

Esto sin contar que los resultados de la elección para los representantes del sindicato de danza fue un desastre total, con una interna inimaginada, como si se hubiese estado disputando la presidencia de la Nación, lo cual dejó una situación muy frustrante, sobre todo para las personas que le pusieron mucho el cuerpo y para la comunidad misma, que demuestra un nivel de fragmentación insólito. Con humildad lo digo, lo que hacemos no es tan importante como para que se haya planteado tal nivel de conflictividad.

Entonces, no solo es un contexto hostil y completo sino que la comunidad no está pudiendo estar a la altura de la situación.

—¿Cómo se construyen y sostienen hoy los espacios culturales y de formación?

No creo que haya una fórmula. De hecho, diría que todas las fórmulas están hoy en revisión. Mirá el Congreso, si no. Que no sólo es un desastre sino que, directamente, nos hace plantearnos si es viable la democracia. Porque lo vemos y decimos: “esto no está funcionando”. Esto que conocemos como democracia está siendo un atentado contra los que la vivimos. Me parece que estamos en un momento de paradigmas muy golpeados y complejos.

En ese contexto, los espacios culturales por supuesto somos parte de esas preguntas, de esas crisis. Hoy espacio sobrevive como puede, encontrando las formas que puede.

En nuestro caso, la manera que encontramos es sostener un equipo muy sólido, muy integrado, donde nos acompañamos en la que estamos, que es un momento que es difícil para todos. Hoy por hoy, es la manera que encontramos nosotros, que es un trabajo muy cooperativo, con división de responsabilidades y de aplicar la forma más equitativa de repartirnos el dinero.

Hoy por hoy, esa lógica colectiva es la clave de nuestra subsistencia. 

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