Festival de Rafaela 2026: un baile inolvidable

Combinar las pasiones y dejarse guiar el deseo, de eso se trata. O por lo menos así viví yo este año la vigesimoprimera edición del Festival de Teatro de Rafaela. Lo que al principio parecía una locura, cuatro días intensos de programación escénica en el medio del Mundial, terminó siendo una oportunidad de, justamente, transitar esa locura con una intensidad enaltecedora. Me refiero a compartir, al calor de esas emociones, con otras y otros. Mientras vimos teatro, discutimos qué era argentino, qué proyectos nos guiaban, de dónde veníamos y si existía algo así como un factor común en nuestro ser nacional. Lo acontecido durante esos días de festival, al interior de las obras y en las salas, nos tendió herramientas para darle manija a esas ideas. Así que pongan la pavita, porque aquí me pongo a cantar.

Mientras todos y todas celebrábamos cómo la bandera de Malvinas argentinas recorría el mundo en unos minutos, se iban uniendo las pasiones en el boulevard Santa Fe de la ciudad de Rafaela. Una multitud enardecida fue el presagio de otro año exitoso de encuentro en comunidad: con una programación reducida en comparación a ediciones previas, el FTR logró llevar adelante, de nuevo, su sello distintivo de calidad, organización y federalismo. (Una mención especial, también, para la buena onda que circuló en las filas, en la calle, en las rondas de devoluciones y también en el hotel donde nos alojamos y en el restaurante donde comimos todos los días). Es decir, a pesar de las adversidades concretas -la falta de apoyo del Instituto Nacional del Teatro y otros recortes sostenidos en cultura y rechazo a la misma desde que comenzó este gobierno a finales de 2023-, se agotaron las treinta y dos funciones de los dieciocho espectáculos presentados.

Se realizaron tres Rondas de Devoluciones, un espacio que año a año elencos, productores y críticos celebremos por su potencia transformadora. En un ámbito cuidado y de mutuo respeto, intercambiamos ideas sobre los espectáculos presentados o indagamos sobre los procesos de creación de las obras. Además, tres laboratorio de creación escénica en donde un director invitade se reúne con elencos locales y presentan, durante el festival, el resultado de esos trabajos. Esta vez, Santiago Loza coordinó el laboratorio de dramaturgia, Agustín Soler el de teatro y circo y Guillermo Baldo el de teatro para jóvenes.

Hubo, también, otras actividades especiales que se destacaron. Una jornada de música junto a Grupo Urraka y La Simón Chicco, seguida por una función de Semejantes de Teatro x la Identidad. Allí las intérpretes Cristina Fridman, Ana Feldman y Cecilia Milsztein presentaron seis monólogos de distintos dramaturgos y directores junto a músicos del Profesorado de Música de Rafaela Joaquín V. González que tocaron algunas canciones nacionales. En este encuentro, gracias a la charla posterior al espectáculos, hablamos con dos hermanos militantes de la Organización H.I.J.O.S. que contaron la historia de su familia y de la búsqueda de una tercera hermana nacida en cautiverio. A 50 años de la última dictadura, los textos presentados abordaron temas como la traición y el perdón al interior de las organizaciones armadas, la colaboración civil con el accionar del estado inconstitucional, la identidad y la reconstrucción de la memoria frente a un público atento y conmovido como el de Rafaela que reclama justicia justamente por la militante Silvia Suppo cuyo nombre estaba presente en la plazoleta donde comenzamos la tarde.

Todos los años, los realizadores del FTR apuestan por el diálogo entre lenguajes y por la ampliación de los canales de circulación del arte. Hubo un año que vimos obras en realidad virtual, hubo otra edición en donde el Laboratorio de Medios Digitales y Audiovisuales de la UNRaf presentó una obra en proceso de su propia producción. Esta vuelta, el festival fue acompañado por un programa de Streaming del propio MedLab. Allí pasaron directorxs, elencos y periodistas a charlar con los conductores.

Así, entre conversaciones interminables y saberes circulando, se desarrolló el festival. Lo que encuentro de particular en él es que ninguna obra ni actividad sucede como un hecho aislado e individual. Cada espectáculo y actividad dialoga con el espacio, con el público y entre sí. Por eso, propongo hacer algunas lecturas trasversales.

Dos miradas sobre el trabajo en el escenario y sobre el cuerpo como una puesta en escena se cruzan en las obras Ruin. La decadencia de la belleza, de Agustín Soler (CABA), y Blablamour. La fantasía de las tramoyistas de Lucas Ruscitti y Federico Toobe (Santa Fe). En la primera, tres payasas habitan un circo abandonado. Cada una tiene un estilo y un rol en el show que ofrecen. Como espectadora, no dejaba de sorprenderme de la composición de la belleza en ese universo montadamente decadente. Las intérpretes tienen un ritmo fatal y seductor en cada cuadro que arman. Sus cuerpos son sorpresas debajo de los trajes. Hay enaguas, trucos de magia y agujeros donde se guardan elementos para el espectáculo. Aún más abajo, hay tensiones y pulsiones que se activan y despiertan con la posibilidad de la salida del circo. La presión por sostener la magia-no-magia o la risa-llanto empuja hasta último minuto dejando entrever que cualquier alternativa sin compañeras en doblemente solitaria. Al revés pero en simetría, Blablamour es una obra que explicita su marco espacial y hasta temporalmente: el tras bambalinas de las trabajadoras del gran teatro, quienes prenden y apagan la luz, da comienzo a la función. Acá, los cuerpos se hacen uno con sus trajes y las espectadoras no vemos nunca la distancia entre el afuera y el adentro. El afuera es el adentro del teatro. El adentro es el artificio, la tradición del musical con su esplendor, la conjunción del cine, la tele y el teatro en una explosión de pasado que mira hacia el futuro con el mensaje de que el espectáculo siempre continúa en la medida en que haya capacidad de soñar cosas enormes y hermosas. Entonces, la belleza y la decadencia dialogan en estas obras mediante la configuración de su propia poética, hecha de interpretaciones esplendorosas y de la celebración de la escena como lugar para su desarrollo.

Dos obras, en principio, para infancias activaron la participación de la comunidad. En el medio de un parque de árboles enormes, se desplegó El Gran Merlot presenta “El truco de la mujer sin cabeza” de Grupo Kachivachis (Casilda). Allí, una pareja de brujos-magos hizo su entrada como en los viejos espectáculos itinerantes: una carretilla con todos los elementos necesarios para sobrevivir de pueblo en pueblo. Todos los detalles apuntaban a un universo por momentos medieval y por momentos atípico, extremadamente propio, donde avanzar en la trama solo es posible a partir del juego, donde lo que está arriba después pasa a estar abajo y solo queda sorprenderse. En otro espacio verde y abierto a la comunidad, la compañía Hasta las manos llegó con Un juego fui (Rosario). Acá también se elige el juego para contar una historia de aventuras pero se explicita que ese juego es buscado, necesitado y elegido. Los hermanos tienen un código tan personal y tierno que se divierten haciendo como que pelean. Su lenguaje es el pensar posibilidades en escena y abrir capas y caminos en la imaginación: un baúl, un mapa y cualquier otro objeto bastarían para contar historias por la pregnancia de esos intérpretes que sonríen, miran a su público y están presentes como usuarios del juego. Sin embargo, esto es teatro y siempre hay una sorpresa más: grandes vestuarios y pequeños títeres, máquinas que sienten y objetos con mecanismos mágicos, para imaginar una tarde eterna de diversión, mientras los demás duermen la siesta.

Otro cruce interesante es el que se dio en torno a los vínculos familiares, especialmente entre madres e hijas, con las obras La casa de Bernanda Alba de Marcelo Allasino (Rafaela), La rota madre que te parió de Gustavo Guirado (Rosario) y Lo que se pierde se tiene para siempre de Javier Berdichesky y Andrés Gallina (CABA). La primera acontenció con condiciones ideales para quien asistió como espectador: se montó en una antigua sociedad italiana, que el propio Allasino rescató del abandono, y que contaba con varias puertas al costado del escenario, con un eco que permitía construir un afuera a partir de los sonidos. El ascetismo impuesto por el personaje central de Bernarda combinaba perfecto con el espacio de aspecto aislado y hasta siniestro muy en sintonía con el universo de Ingmar Bergman presente también en La rota madre… A veces, los clásicos parecen no tener nada nuevo para decir, pero en las manos de un director que busca siempre nuevos caminos para dar discusiones políticas, cobra vitalidad y resuena en nuestra propia experiencia. Ese universo de reclusión y falta de futuro cobró otro sentido bajo el sol tremendo de esta coyuntura. Actualmente, ninguna está exenta de un destino de miseria si no le prestamos atención a la mirada extrañada que nos generó este espectáculo. Aunque supiéramos el final de la tragedia, esta versión resultó intrigante y pregnante en otra escala. Eran muchas mujeres en el escenario y cada una brilló con su propia estrella, de traición, de luto, de clausura, de libertad, de misoginia, de represión y hasta de lucha.

El fuera de campo también se presentó en la obra de Gustavo Guirado. Una madre actriz vuelve, después de siete años, a la casa en donde están sus hijas ya adultas con todo su mundo construido por fuera de esa vida. La hija mayor la espera con anhelo de niña pero la organización de esa casa es propia de una adulta. Lo que está fuera de campo, al principio, es la presencia de la otra hija con discapacidad, casi inmóvil en una silla de ruedas. Sabemos que ahí está porque el terror de la madre lo indica al reconocer sus sonidos. Toda la obra se construye sobre escenas tensas cuyas salidas, desde la respuesta hasta el discurso de los personajes, son inesperadas y sorprendentes. Un universo siniestro, familiar pero por momentos desoconocido y algo inconcluso, se dibuja en el encuentro entre los tres personajes. Saltan del humor a la seriedad con el brillo particular de la complicidad: entienden el tono irreverente propuesto desde la dirección y le dan espesor con sus actuaciones. La obra no explora la tristeza ni la pena, sino algo mucho más arriesgado. Lo oscuro en lo simple, lo gracioso en la tragedia cotidiana. Por momentos, las tres parecen niñas como los hermanos de Fanny y Alexander, encerradas en un infierno personal lleno de terrores comunes y a la vez protegidas por sus propios anhelos. Las interpretaciones son superadoras en cada escena y dan ganas de ver esta obra mucha veces más para seguir entendiendo cosas, enterradas u olvidadas, de nosotras mismas.

Finalmente, en esta serie quiero poner a Lo que se pierde se tiene para siempre. Lo novedoso de esta propuesta es, también, un corrimiento de lo esperado. La obra se centra en una premisa que parece ir hacia un lugar de tristeza, sin embargo, se construye sobre la ternura y sobre la posibilidad de futuro en una historia en donde creíamos que ya no había más nada por hacer ni por decir. Con una puesta en escena de estructuras de madera, se arma una casa con los espacios respectivos de padre y madre y con una pasarela como puente entre los dos, en donde transita la hija. Luego esos espacios serán dos casas y, tal vez, vuelva a ser una. Acá el teatro está para decir, una vez más, que todos los caminos son posibles y que no hay nada realmente escrito en la vida de las personas. Sorpresivos desenlaces en un país acostumbrado a la tragedia.

Hubo dos obras que apostaron a la problematizar el lenguaje escénico con universos muy diferentes entre sí pero igual de complejos. Se trata de Chayka de Valentino Grizutti y Compañía Labrusca (CABA) y Coyote, háblame de lo que viste de Cristian Setien y Sofía Vitiello (CABA). La primera se pregunta por cómo contar una obra de Chejov y lo que se ve en escena es el ensayo de esa respuesta: algo de construir el universo desolador de los personajes, pero también de las condiciones de producción de esas obras. Es el afuera y el adentro pero siempre en el marco de la diégesis. Se confunden roles y papeles y la tensión, la ansiedad, la sordidez recorre a los personajes. Es una obra y es el ensayo de esa obra, así como también las emociones y temores de los intérpretes antes de salir a escena. El código escénica está en discusión y hay espacio para subirse a disfrutar de las interpretaciones, sin seguir tanto el recorrido de la historia.

En Coyote, la intérprete bucea entre discursos fragmentarios mientras una cámara, que es en realidad una luz, la sigue. Podemos imaginar un primer plano y un plano medio por la intimidad de las escenas, pero lo que vemos es todo eso funcionando junto en un cuadro. Los movimientos de la chica y los movimientos que hace la cámara. El universo lado b de Hollywood se despliega en una casa, ruta, habitación. El lenguaje escénico propuesto es uno intervenido por el cinematográfico. Entre referencias a series policiales y a películas de suspense y terror, se sostiene la imagen de una persona como un animal herido que está aprendiendo a sangrar. Por momentos, los elementos se le vienen encima y la intérprete es una sola composición con las telas, las ropas, los luces. Acá la propuesta también es juego, aunque uno más extrañado e incómodo.

Desde CABA, viajaron otras dos obras: Luciérnagas (sueño bastardo) de Horacio Nin Uría y Medida por medida de Chamé Buendía que protagonizó el gran cierre de esta edición en el Teatro Municipal Belgrano. Luciérnagas, en sintonía con las discusiones revividas por el fútbol -colonia o imperio y civilización o barbarie-, vuelve al Virreinato del Río de La Plata y al hogar de los niños expósitos. Hay varias líneas temáticas que circulan en la obra pero a mí me interesan dos. La primera es la que tiene que ver con el homenaje al teatro en sí, también visible en Medida por medida. Y la otra, que se relaciona mediante la mención a La Ranchería cuyos ingresos mantenían al hogar, es esa infancia tenue que aparece en los títeres. La inocencia viene rota para una clase social pero la ilusión es la luz de las luciérnagas que persiste sobre los escombros. Una obra que recuerda los misterios de la fundación de Buenos Aires y que funciona, también, a través de diversos lenguajes escénicos.

En medio de las emociones generadas durante cuatro días, con un nacionalismo creciente el pecho, el FTR26 se despidió con la locura total que llevan adelante Matías Bassi, Nicolas Gentile, Elvira Gomez, Marilyn Petito y Agustín Soler en el escenario. La mezcla perfecta para el gran final son los juegos del lenguaje de Shakespeare con esta compañía de trucos y asombros. Una comedia que sugiere lugares oscuros pero que sostiene en la alegría del movimiento y en el poner en evidencia el ocultamiento de esos trucos, a veces y de mantener el secreto de lo hecho, otras veces.

Así, con funciones agotadas y una alegría en el ambiente por otro año exitoso de encuentros, se despidió otra edición dejando un mensaje claro: el festival es de la gente. Cada año celebramos las múltiples formas de entender y de hacer artes escénicas mientras aprendemos del intercambio con otros y otras. Si bien esta época exige no dar ningún derecho por ganado, la experiencia nos invita a soñar, teatro mediante, que la realidad puede ser amable cuando se comparte, cuando se la piensa con el cariño, la sensibilidad y la crudeza que propone el arte. Por eso, agradecemos, pero también recordamos y pedimos que nunca se termine este baile inolvidable.

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