Hace un par de semanas vi Las Despedidas y me fui con esa sensación que tenemos todxs últimamente por los acontecimientos de este año: las despedidas son esos dolores dulces. La palabra “esos” es una referencia en el discurso hacia el pasado, es decir, a algo que ya conocemos y que ya nos pasó. La obra se inscribe, entonces, en un campo de sentimientos, emociones y vivencias que rondan la nostalgia, sin plantearlo abiertamente y sin posicionarse del todo en esa zona oscura. Ese es un primer llamamiento a algo colectivo, desde un lugar extrañado. Veamos de qué se trata.
En primer lugar, Las Despedidas habla del fracaso que implica intentar y volver a intentar una y otra vez lo mismo y no avanzar. Pero también de cómo esa repetición va generando pequeños cambios que dejan estelas de posibilidades. La conjunción entre lo conocido y lo novedoso y esa franja tensa y algo abismal que se abre en el medio es lo que les permite a los personajes volver para atrás, hacerlo de nuevo y percibir experiencias en el trayecto.
Al principio, la obra parece tratarse de una clase de teoría del teatro. Una profesora, a la que seguro le costó bastante conseguir ese lugar adentro de la academia, lucha por hacerse respetar en su metodología. Las expectativas de lxs estudiantes y sus presencias totales son siempre una demanda: se aburren, se hartan, están ansiosos, quieren estar en otro lado aunque hayan elegido estudiar eso. La profesora devela su rigidez, su falta de capacidad de juego y también su falta de esperanza. Así, se construye una distancia entre una y otra mirada sobre el quehacer teatral. Las interpretaciones super frescas de los tres en escena construyen esas energías a través de los matices: se ve lo que le importa a cada unx de lxs personajes aunque, por momentos, no lo digan. Se ven personajes en transformación, permeables a crecer y cambiar.
Aunque Las despedidas parecía tener un rumbo claro al principio, avanza en otras direcciones. El director de la obra Ariel Bar-On aparece como director en la obra y como miembro del grupo. Su mano invisible muestra las cartas con las que está jugando y construyendo la pieza. Lo que era una clase se vuelve algo experimental, una experiencia por momentos alucinatoria, y se mezcla el grupo de alumnos con la historia de una compañía de teatro. También, esa clase se vuelve excusa para poner en primer plano la superestructura de los caminos que toman los personajes. Ese sostén, idea y luego valor, es que el teatro nos salva y nos contiene gracias a su dimensión deseante. Para los estudiantes la dimensión deseante es la actuación, es decir, la expresión más pura del hacer. El proyecto en el que están deja de importar porque el proyecto pasa a ser una vida dedicada a la actuación. Es esta obra, en este día, en los ensayos y en cualquier oportunidad de actuar.
Todxs son atravesados e interpelados por esa experiencia, siempre mágica e irreproducible, y eso es lo que se muestra. Lo invisible de la experiencia significativa. La imposibilidad de decir sobre algo que es puro deseo. Es ahí donde la figura de las despedidas vuelve. Siempre nos estamos despidiendo y siempre estamos transitando algo que es efímero porque es incapturable. Lo que queda es esa marca, la huella de que por allí pasó algo y nuestra vida no será igual a como era antes. Un dolor dulce, una flor que pincha, una despedida que recuerda la potencia de la vida una vez concluida una etapa.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Ariel Bar-On
Intérpretes: Ariel Bar-On, Zoilo Garcés, Julieta Koop, Natali Lipski
Creación: Compañía El Asombro
Vestuario: Cecilia Zuvialde
Iluminación: Diego Becker
Fotografía: Michi Catopodis
Diseño gráfico: Michi Catopodis
Prensa: Prensópolis
Producción: Compañía El Asombro
Co-producción: Casa Teatro Estudio, Teatre Nu
Dirección: Ariel Bar-On