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En esta obra, la China y Liz emprenden un viaje en carreta por la pampa argentina, ese desierto “enorme como el mar pero sin agua”, lleno de caballos, vizcachas, indios, tábanos, gauchos, ñandúes, cuises, liebres y mucho, mucho polvo. Liz es una inglesa alta, blanca, pelirroja y de ojos celestísimos que terminó en el campo argentino porque su esposo vino a buscar los tesoros del país. La China es —era— la esposa de Martín Fierro, ese gaucho cantor al que fue entregada “en sagrado matrimonio” (lo cual es una forma de decir que Fierro “la ganó” en una apuesta). La China es torpe y joven y la posibilidad de una vida nueva la deslumbra; es como una nena descubriendo el mundo de golpe y la piel se le eriza “como si estuviera hecha de animales al acecho”. Se encuentra con Liz —Elizabeth— y deciden viajar juntas por la pampa. Liz planea encontrarse con su marido y la China la acompaña, sin un rumbo definido. Viajan en una carreta chiquita pero que tiene de todo: scones, té, ropa fina, whisky, sombreros, libros y cuadernos de dibujo, como si fuera un pedazo de la Inglaterra industrial.   

El elenco está compuesto solo por mujeres, todas actrices jóvenes: Nicole Kaplan, Camila Tamagnone, Sol Zaragozi y Catalina Telerman, con la dirección de Violeta Marquis. Se puede ver en Teatro TAI, en Charlone 1752. La puesta es simple y minimalista: hay una carreta y un escenario chiquito donde dos de las intérpretes nos cuentan la historia mediante una payada. Las actrices están vestidas de gauchas: usan bombacha de campo, cinturón, botas altas, pañuelo en el cuello, sombrero y camisa. Una toca la guitarra criolla y canta; la otra narra con voz firme y profunda la historia de Liz y la China, haciéndonos sentir que estamos tomando algo en una pulpería del siglo XIX. 

Desertoras es una adaptación de la primera parte de la novela de Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron. El libro, publicado en 2017, puede leerse como una reescritura del Martín Fierro de José Hernández, como un fanfiction de una calidad literaria altísima o como una ficción des-fundacional que sacude, cuestiona y critica los pilares en los que se basa la tradición literaria argentina. La novela cuenta la historia de la China, personaje que es mencionado al pasar en el poema de Hernández y que queda a la deriva cuando mandan a Fierro al fortín. Ni siquiera tiene nombre propio, es “la china”. Cabezón Cámara se pregunta qué hubiera pasado si la China —ahora con mayúscula— hubiese huido sin sus hijos y se hubiera encontrado con una mujer británica en el camino. El texto problematiza la dicotomía civilización/barbarie y nos deja preguntándonos cómo sería el presente si nuestro poema fundacional hubiese estado protagonizado por dos mujeres muy distintas; una “salvaje” y una “civilizada” que se atraen entre sí. 

En Desertoras cada recurso se aprovecha al máximo. La carreta es tanto medio de transporte, habitación y camarín donde las actrices se cambian el vestuario. Se usa para ocultar o sugerir acciones; en las escenas románticas se colocan telas traslúcidas para mostrar las siluetas de las actrices y, cuando las intérpretes se van a dormir, se ponen telas opacas para ocultar el interior. El vestuario de la China y Liz se ajusta a los cuerpos y personalidades  de cada una como si fuese su segunda piel. La China usa una blusa sucia y una pollera larga y tiene el pelo corto con rulos que le tapan los ojos. Liz tiene el pelo rojo atado, usa camisas blancas impecables y polleras simples y elegantes. 

En esta obra, todos los roles que fueron históricamente ocupados por hombres los ocupan mujeres: tanto las protagonistas como quienes narran la historia son mujeres. Están las dos gauchas —o payadoras— que, en la época del Martín Fierro, se las hubiera llamado “chinas”, o se hubiera negado su existencia. La payada se interrumpe cuando las intérpretes de la China y de Liz actúan y le dan vida a los personajes.

Es interesante remarcar que, en la obra, la China y Liz viajan solas, mientras que en la novela de Cabezón Cámara las acompaña un gaucho, Rosario. La decisión de dejar afuera a este personaje no es arbitraria: al no haber hombres en escena, se refuerza el acto político y simbólico de mostrar mujeres encarnando roles que siempre fueron ocupados por varones. Además, en Desertoras tampoco aparecen Martín Fierro ni Hernández; en la novela, Fierro se enamora de Cruz y Hernández es un terrateniente que le robó los versos a Fierro y se hizo famoso gracias a ellos. En la obra, todo el protagonismo lo tienen la China y Liz. Aunque la decisión de la novela sea más realista —en el siglo XIX era muy peligroso que dos mujeres viajaran solas por la pampa—, la apuesta de la obra es más atrevida. Desertoras plantea otra realidad posible, reconfigura el relato histórico y nos hace pensar en las historias que probablemente nunca vayamos a conocer, historias de mujeres que, como la China, huyeron para dejar sus antiguas vidas atrás. 

Desertoras nos muestra que no se necesita mucho para hacer una obra genial; quizás, solamente, un elenco y un texto increíble, bastante imaginación y la capacidad para exprimir cada recurso escénico. Es una obra chiquita, compacta, en el mejor sentido de la palabra; es una obra de media hora que te deja con ganas de más. Pero no necesita más, porque funciona perfecto tal como está. Termina antes de que una se pregunte cuánto falta. Es muy fácil meterse dentro del universo de Desertoras; de repente, una se olvida de que está en el patio de un centro cultural en Villa Ortúzar y se teletransporta a la pampa, a la carreta de la China y Liz que avanza entre la tierra y el polvo mientras el caballo galopa, a un mundo donde el sol quema la piel y aja los cuerpos y el horizonte se extiende a lo lejos como si fuese infinito.

Uno de los temas principales es el lenguaje; el lenguaje como lo que diferencia y distancia y, a la vez, como lo que permite el acercamiento. Liz habla español con un acento inglés marcado, le entiende poco a la China, no sabe qué quiere decir cuando le cuenta que fue “entregada” a Fierro. La China no habla inglés y se ríe cuando se entera de que “lluvia” es “rain” en inglés; lluvia, dice, estirando la “sh” y alargando las vocales hasta que el sonido se parece al de las gotas que caen. De a poco, más allá de los enredos culturales y lingüísticos o, mejor dicho, a través de esos enredos, Liz y la China logran entenderse. Hay traducciones, gestos, miradas y objetos. De a poco, cada una va entrando en el universo de la otra. La China descubre los paisajes de Inglaterra, el mar, la pintura, el té de la india y los scones; Liz descubre que la China deja huellas en los árboles y que nunca quiso ser madre, que en la pampa se puede “ganar” mujeres en una apuesta.

Tanto en la novela como en la obra la China se cambia el nombre. Decide ponerse “China Josephine Star Iron”; “Star” en homenaje a su perro “Estreya”, “Iron” por Fierro, y Josefina, porque le gustó. Así, deja de ser el personaje secundario creado por Hernández y se vuelve la protagonista. La China muestra que en cualquier momento se puede tirar a la basura el nombre que nos dieron y transformarnos en otrxs. Este gesto revela que cambiarse el nombre puede ser una forma de empezar a escribir la propia historia. 

La filósofa Donna Haraway dice, en Seguir con el problema: “Importa qué historias contamos para contar otras historias, importa qué nudos anudan nudos, qué pensamientos piensan pensamientos, qué descripciones describen descripciones, qué lazos enlazan lazos. Importa qué historias crean mundos, qué mundos crean historias”. La decisión de darle voz y cuerpo a la China para que ella cuente su propia vida es un acto político; es una intervención que expande y cuestiona el universo de la pampa descrito en el Martín Fierro

Desertoras pone el foco en la importancia de reflexionar sobre qué historias contamos, cuáles se fosilizan en el tiempo, cuáles salen a la superficie y cuáles todavía están enterradas bajo capas y capas de tierra, esperando que alguien las descubra. La obra se pregunta qué pasa con las mujeres excluidas de los relatos canónicos; les da voz y cuerpo y las convierte en personajes principales.

El amor, el deseo, la libertad y el humor están presentes en Desertoras. Las dos mujeres descubren que, al final, no son tan diferentes. Y se van acercando: las lenguas, los sexos y los géneros se mezclan. Ahí en una carreta en el medio del desierto. Ahí donde reinan el silencio y el polvo. En el libro, La China dice: “Sentía alegría en el cuerpo, algo se me estaba rompiendo y era como meterse al río una de esas tardes de verano tan calientes en mi tierra que hierve el aire”. La obra desborda de vida, de música, de palabras, de miradas, de goce. Así como la novela de Cabezón Cámara es una reapropiación del poema de Hernández, Desertoras es una reapropiación de la novela de Cabezón Cámara

Tanto el viaje como la historia tienen que terminar pero, como dice la China, eso es parte de su belleza: “Tal vez en eso, en la experiencia del tiempo como finito, radiquen el fulgor y el relieve de cada momento que se vive, sabiendo que se ha de volver a casa, en una tierra que no es la propia”. El teatro es, para mí, una forma distinta de vivir el tiempo; es un paréntesis donde un patio de Villa Ortúzar puede transformarse en un campo lleno de animales y polvo y silencio y dos mujeres que viajan. Todo eso con solo cuatro actrices, un escenario chiquito, algunos efectos sonoros y una carreta en continua metamorfosis.

Cuando terminó la función de Desertoras me quedé con ganas de vivir un cachito más en ese paréntesis, de pedirles a las actrices que sigan en escena para que el tiempo se estire como el horizonte del campo, para retrasar el final del viaje, el momento de volver a casa.

Ficha técnico artística

Dirección: Violeta Marquis
Actuación:  Nicole Kaplan, Camila Tamagnone, Sol Zaragozi, Catalina Telerman
Música: Catalina Telerman
Escenografía: Maricel Aguirre
Iluminación: Augusto Sanguinetti

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