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Hace un tiempo, en el universo aparentemente caduco pero no por eso menos reflexivo de Facebook, una persona cercana planteó la necesidad de dejar de concebir el tiempo en términos de productividad, permitiendo que recupere su condición de no-tiempo, liberándolo así del ritmo arrollador que signa nuestra era y que se lleva puesto nuestro disfrute. Quizás sea por eso que en la búsqueda por experimentar ese no-tiempo en Farsa siempre aconsejamos ir al teatro.

Un miércoles a la noche fuimos a ver Conurbano cotidiano al Galpón de Guevara, lo nuevo de Santiago Gobernori. El director viene trabajando con Sabrina Zelaschi y Vicky Baldomir desde La verdad efímera, dúo que se repite en esta obra y que admite un nuevo integrante, tanto en el elenco como en la ficción: el personaje interpretado por Nico Giménez se suma a vivir y a trabajar con ellas en una radio independiente de Luján, luego de un reciente fracaso laboral como periodista de un diario mainstream de la capital. La radio emite información local y, al mismo tiempo, entre tanda y tanda, vehiculiza las angustias, expectativas y posibles rumbos de vida de estos treintañeros que aceptan lo importante que es tener plata y no vivir en un monoambiente de dos por dos, pero al mismo tiempo valoran que puedas comprarte una moto con lo que tenés, que salgas a tomarte esa birra con el pibe que te parece piola, que te subas al escenario a contar lo que escribís en tu taller literario barrial y que asistas a una presentación de títeres en un colegio que deja mucho que desear mientras intentás recordar qué hiciste la noche anterior. En ellos conviven todas estas realidades sin que ninguna pierda valor.

En esta obra, el tiempo de lo cotidiano toma la escena y se transforma en aquel no-tiempo que planteamos al comienzo, el tiempo de la trivialidad. Lo que pasa en la vida de estos personajes es intrascendente, no tiene grandes voluntades de pasar a la historia ni de causarnos “golpes bajos”. Habitamos con ellos el “mientras” de la vida, los acompañamos en un tiempo de transformación en el que nos transformamos también, y todo esto sin darnos cuenta; como la vida misma, que sucede mientras estamos haciendo las cosas aparentemente “útiles”. Hasta la propia biografía de los personajes se pone en ridículo, posibilitando una suerte de biodrama de un tiempo-otro, en el que se mezcla aquello que alguna vez fueron con sus versiones actuales, llenas de preguntas sobre sexo y droga.

Un biodrama fuertemente vinculado con un presente continuo que parodia formas pasadas en el que es posible la pregunta: ¿quiénes somos en el “mientras”? Incluso lo histórico adquiere el ritmo de la desfachatez y sirve como carne de cañón para el humor: “¿Cuánto sabía Shakespeare de Dinamarca?” se preguntan en una de las canciones, tirándole una soga al teatro para liberarlo de reproducir grandes discursos y recordarle su lugar insolente y desprolijo.

La música interpretada por los tres personajes ayuda en la construcción de este tiempo-otro que se muestra en la revalorización de lo cotidiano. Las melodías narran mal de amores, experiencias con estupefacientes, el despertar de una nueva sexualidad, expectativas laborales, escasez económica, la imposibilidad de seguirle la corriente a lo nuevo y una vuelta a lo meta: ¿cuán final tiene que ser un final?

Acá lo banal establece las reglas de juego, porque es el tiempo de vivir-con-otros. Esa nueva forma de habitar el mundo se traduce en un coqueteo con múltiples formas teatrales, muchas de ellas concebidas desde siempre como “menores” que le sirven a la obra justamente para desmarcarse, jugar en el margen, escaparse de la etiqueta que tienen las cosas “que sí importan” y que no haría más que reducirla.

Conurbano cotidiano no pretende ser una reconstrucción de cómo es la vida en Luján sino que toma la referencia del conurbano para construir el tiempo de la periferia, un tiempo-borde, aquel que pasa y no nos damos cuenta. Un tiempo que valora los vínculos, el probar nuevos hobbies, los procesos del amor y el desamor, aquel tiempo “muerto” en el que estamos más vivos que nunca. Este tiempo entra en tensión con las preguntas que tienen los personajes sobre si irse a capital sería la respuesta definitiva a sus problemas o si la posibilidad de tener un monoambiente alquilado con ammenities es todo a lo que podemos aspirar en nuestros treintis.

La invitación de la obra a que nos movamos en un tiempo-otro diametralmente opuesto al productivo, habilita una forma de extrañamiento que revela algunos mecanismos intrincados de lo que nos rodea: acompañamos a uno de los personajes en la muestra de un taller literario donde parece que se compite por ver cuál de los textos está más comprometido con la realidad actual y tiene más causas sociales a su favor, una trampa cada vez más frecuente en el ambiente artístico. En relación a la tensión que existe entre el deseo y el progreso, el personaje de Nico Giménez viene de trabajar en un medio de comunicación muy reconocido ganando un buen sueldo a costa de escribir fake news que atentaban contra su propia visión de mundo. El regreso a una radio más chica lo reduce económicamente pero también le regala la posibilidad de volver a encontrarse con aquello que lo hizo elegir el periodismo en un primer momento. La obra se mete de lleno con estos dilemas, pero antes de hacerse mucho problema, prefiere perderse por la tangente, y desde allí nos hace parte.

Durante 70 minutos, todo se banaliza para que el tiempo pueda perder su valor económico y recupere su valor espiritual. Los personajes cantan sus preocupaciones y así se liberan de cualquier etiqueta o presión social. Conurbano cotidiano propone el humor, la música, el agenciamiento humano y la contundencia de las experiencias compartidas como una forma de atravesar la era de la opinión y la utilidad. Los miércoles a la noche en el Galpón de Guevara también descansa el teatro de aquellas fuerzas que buscan etiquetarlo para reducirlo, noquearlo y hacerlo desaparecer.

Lo dramático recupera su poder en la simpleza de esta obra que se convierte en melodía pegadiza y nos deja cantando: “no nos basamos en nada importante, con muy poquito armamos situaciones, simpaticonas sin ser despampanantes”.

Ficha técnico artística

Dirección: Santiago Gobernori 

Autoría: Santiago Gobernori 

Actúan: Victoria Baldomir, Nicolás Gimenez, Sabrina Zelaschi 

Vestuario: Paola Delgado 

Escenografía: Micaela Sleigh

Iluminación: Ricardo Sica

Realización escenográfica: Claudio Biancuzzo

Video: Agustín Bordignon

Fotografía: Agustín Bordignon

Diseño gráfico: Sabrina Zelaschi

Asistencia de escenografía: Guadalupe Borrajo

Asistencia de dirección: Laura Berman

Coreografía: Manuel Attwell

Prensa: Cecilia Gamboa

Arreglos musicales: Julián Rodríguez Rona

Arreglos Vocales: Julia Morgado

Producción ejecutiva: Lucía Asurey

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