Nos recibe el ritmo frenético de la música electrónica y la palabra no se escucha pero se lee: en la pantalla nos dan la bienvenida, nos cuentan sobre la elección del espacio para llevar adelante la obra y nos desean mucha suerte. Hombres y mujeres vestidos con tutús, remeras y zapatillas deportivas ya están en acción, cada uno en su tarea y todo a la vista. Luciana Acuña que a la vez es la directora de la obra, junto a Tatiana Saphir y Carla Di Gracia dan vueltas por la sala, elongan, hablan. Agustin Fortuny es el dj e instrumentista encargado de la música, Matías Sedón trabaja con las luces. Las cosas ya están pasando porque en realidad nunca dejaron de suceder.
La premisa con la que llegamos a la sala es: la obra trata sobre la historia de las bailarinas que murieron incendiadas por las lámparas que utilizaban para iluminar los teatros en el siglo XIX. Quemadas en vivo, en escena. Sabemos que habrá danza, que habrá narración, pero desde que entramos nos damos cuenta que esta obra será mucho más que eso.
Las tres bailarinas y performers son, en realidad, un vehículo hacia otro tiempo. O mejor dicho, toda la obra-fiesta funciona como una gran máquina-ritual que nos transporta a un tiempo suspendido donde chocan pasado y presente: siglo XIX y siglo XXI. El vehículo se monta sobre los distintos lenguajes que se ponen en juego. Digo lenguajes como baile, performance, actuación, música, iluminación, proyecciones, texto. Y digo lenguas, español, inglés, francés, la traducción que trae al cuerpo las voces de otras, las voces quemadas. Las voces de las mujeres que extendieron y tensaron sus cuerpos flexibles y etéreos sobre escenarios en los que se negaron a usar tutús inínfugos, ahora reencarnan en los cuerpos vestidos con telas sintéticas y zapatillas deportivas. La orquesta de una ópera reencarna en la música electrónica. Las llamas que surgían en las lámparas de gas ahora reaparecen en el humo que sale de una máquina y en las luces que nos encandilan.
Estas bailarinas iluminan y arden. Seguimos la estela que dejan sus tutús prendidos fuego para adentrarnos en un viaje de psicodelia, éxtasis, brillo y saturación. Saturación porque los sentidos se llevan al límite: hay tanta luz que a veces cerramos los ojos, algunos se tapan los oídos frente a los golpes que aturden la batería, a veces tenemos que afinar la vista para ver a través del humo que sale de las máquinas como si estuviéramos en medio de un boliche. Esta obra-fiesta nos lleva en su recorrido arbitrario por el siglo XIX y se detiene en distintas ciudades alrededor del mundo en donde los teatros más imponentes sufrieron incendios imposibles de controlar, las obras y las vidas de las artistas se interrumpieron. Sustentada en una investigación realizada por Ignacio González, con dramaturgia de Mariana Chaud y Alejo Moguillansky , la obra plantea un recorte en la historia de las artes escénicas, con una clase sobre historia de la iluminación incluida, la parte abiertamente didáctica (pero también atravesada por el humor) que a la vez rompe con el registro solemne y lo inhabilita.
La obra revisa la historia y se pregunta por las formas de contarla, nos muestra la posibilidad que se abre al habilitar muchas voces. Los performers le ponen cuerpo no solo a las voces del pasado, sino también a las del presente en las distintas lecturas que pueden hacerse sobre los hechos. La obra abre el abanico, lo agita, aviva el fuego y nos lo presenta en su complejidad y amplitud. Nos muestra una forma de buscar en el pasado que se adentra en las biografías de las bailarinas, en las historias de sus ciudades, en los archivos de los periódicos y los conjuga en escena para mostrar los matices que componen a un relato.
La yuxtaposición de discursos, disciplinas y técnicas hace su magia. La sucesiva y frenética exposición de imágenes en la pantalla hace estallar las conexiones, abre nuevos vínculos; las bailarinas en las pinturas, las filmaciones antiguas, el rostro en primer plano de Renee Falconetti en la piel de Juana de Arco justo antes de ser quemada viva, las hogueras, las ilustraciones de las mujeres quemadas por brujería en la edad media. Y entonces acá en este tiempo a nosotros nos queman las preguntas: ¿Realmente fueron tantas las bailarinas muertas por los accidentes con los sistemas de iluminación? ¿Es que no había nada que se pudiera hacer para salvarlas? ¿A nadie le importaba lo que pasaba con esos cuerpos? ¿Ningún avance tecnológico podía protegerlos? ¿No usar los tutús inínfugos era una forma de protesta? ¿Contra qué? ¿Cuántas petits rats tuvieron que morir para que las cosas cambiaran? ¿A nadie le importaban las mujeres quemadas, justamente, porque eran mujeres? ¿Era esa una forma de castigo o simplemente era la desidia que cae siempre sobre el cuerpo de las mujeres, útil para el espectáculo y luego desechado? ¿Qué tiene que ver todo esto con la obra?
Bailarinas incendiadas revuelve el pasado para revisitarlo, para hacerle preguntas, para envolverse en él y perderse, para pasar la historia por el cuerpo y hacernos delirar en este presente. Enciende la lámpara de la locura, y entonces hay fuego, hay sacrificio, hay entrega y nos quedamos con ganas de saber más. Pero ahí está el otro juego, no podremos entenderlo todo. Las danzas hipnóticas detenidas por el cansancio de los bailarines y las ideas no resueltas van a perseguirnos una vez que crucemos la puerta para seguir haciéndonos preguntas con la fuerza de esas obras interrumpidas por el incendio.
Ficha técnico artística
Texto: Mariana Chaud, Alejo Moguillansky
Performers: Luciana Acuña, Carla Di Grazia, Agustín Fortuny, Milva Leonardi, Tatiana Saphir, Matías Sendón
Diseño de vestuario: Mariana Tirantte
Diseño de espacio: Matías Sendón, Mariana Tirantte
Diseño sonoro: Matías Cella
Video: Alejo Moguillansky
Música: Agustín Fortuny
Diseño De Iluminación: Matías Sendón
Fotografía: Tamia Oviedo, Wo Portillo Del Rayo
Asistencia de dirección: Carla Grella
Producción: Gabriela Gobbi
Colaboración en dramaturgia: Alejo Moguillansky
Colaboración artística: Milva Leonardi, Alejo Moguillansky
Coreografía: Luciana Acuña, Carla Di Grazia
Investigación: Ignacio Gonzalez
Dirección: Luciana Acuña