En los días siguientes a haber ido a ver la obra en Galpón FACE son muchas las preguntas que se me despertaron, pero me repito puntualmente una: ¿Por qué el nombre me suena, como si viniera de otra parte? Dos sintagmas nominales unidos por un nexo copulativo, la mención a un animal y un objeto. Claro: me recuerda a los títulos de las fábulas y leyendas que escuché, que leí, que me contaron cuando era chica. Pero eso lo voy a retomar después.
Ahora, un poco de contexto: la obra tiene su origen en una anécdota puntual que le ocurrió a Federice Moreno Vieyra, unx de sus creadores: un zorro se llevó una de las zapatillas que dejó en el umbral de la casa que habitaba en la residencia artística TRAMAR, en medio de la montaña. Ese hecho despertó ideas, memorias, fantasías, preguntas que germinaron en una obra danza en formato solo, presentada en la residencia La Duncan. Allí se incorporó Michel Capeletti a codirigir el trabajo que se expandió y mutó al formato dúo que vemos hoy. Se trata de una obra bilingüe: una danza en portugués y español. Las lenguas se acoplan y se entremezclan en parlamentos, relatos, canciones, también se tapan y se potencian, como los cuerpos en la escena.
Aunque la conexión con la fábula y la leyenda reaparezca, la palabra no será lo más importante. Importa el silencio, cómo lo habitan los cuerpos y cómo se quiebra con ruidos, sonidos, del paisaje, de la naturaleza, de los animales, de lxs artistas en escena que suenan y de su eco. La obra es el resultado de años de investigación en los que se han embarcado sus creadores. Y eso se deja ver en la fuerza y conexión en escena: la coordinación, la precisión de las figuras, la maceración de los movimientos, la delicadeza de los cuerpos al acoplarse. Muchas veces, el ruido de un cuerpo lo produce el otro, y en esa aparente desconexión vemos, en realidad, la ruptura no solo del silencio sino de un límite: el de esos cuerpos como singularidad. Por momentos, no estamos viendo a dos bailaines-actores, vemos un cuerpo nuevo. ¿Qué produce el encuentro de los cuerpos? Además de la tensión, el temor, la fuerza, la energía potenciada. Una respuesta, una posibilidad: expandirse más allá del yo, la invitación a dejar el aislamiento. A la vez, asistimos a la transformación de ese cuerpo en elementos que ocupan el espacio, al trabajo con los objetos en escena que nos deja ver al cuerpo volviéndose escenografía, elemento, marioneta, sombra.
La prosopopeya es el procedimiento literario central de las fábulas, a través del cual se le atribuye a los animales y objetos inanimados las cualidades o características humanas. Aquí sucede a la inversa, los cuerpos humanos exploran formas para expandirse y alcanzan la animalidad, llegan a volverse objetos. Máscaras y marionetas no muestran solo la destreza de los creadores de la obra, sino que ponen en escena la des personificación. Los cuerpos mutan, se vuelven parte del paisaje, se fusionan, se sostienen unos a otros, forman pareja, grupo, comunidad, masa. Y eso implica caminar de otra manera, a otro ritmo, ensayar nuevas formas de la marcha. Entonces, también, la incomodidad: el otro cuerpo pesa. Las preguntas vienen directamente a nosotrxs en el público ¿cómo nos encontramos con el otro en toda su corporalidad? En ese caminar con otros el cuerpo se ve afectado y sucede lo mismo con el terreno, el territorio, el medio ambiente: ¿qué hace esa zapatilla en la boca del zorro? El elemento extraño que no es comida, no es planta ni presa. El objeto de un cuerpo que vino a dejar una huella, a cambiarlo todo, insiste.
Recuerdo El zorro y la cigüeña, La zorra y las uvas, las fábulas atribuidas a Esopo y reescritas tantas veces por autores como de La Fontaine. El zorro y el conejo, El zorro y el quirquincho, las narraciones orales andinas que escuchamos una y otra vez. Busco y encuentro los contos populares de Brasil como A raposa e o tucano. Compartimos a este personaje en diferentes culturas, aparece para representar distintas “miserias” humanas, para enseñarnos algo, dejarnos un mensaje. En El zorro y la zapatilla es como si el animal se acercara, ahora, con su propio lenguaje, sin necesidad de ser hablado, nos deja la pregunta tan solo con su accionar: llevarse la zapatilla. No viene a dejarnos respuestas concretas. Como si fueran a contarnos una nueva fábula, una nueva leyenda que no termina con ninguna frase aleccionadora, sino con un trazo para seguir, un hilo del que tirar y nuevas preguntas.

