En el FIBA jugamos todos

Este año el FIBA nos está proponiendo la mezcla: mezcla de géneros, de dispositivos escénicos, de naciones, de medios, de tiempos y de espacios. Obras que se salen del teatro, obras que van más allá del texto, para encontrar un lenguaje comprensible tras las fronteras de un idioma. Obras que no admiten un límite para el espacio escénico, que toman el teatro entero, que toman la ciudad. Otras traen los grandes clásicos y los sumergen en formatos performáticos. La mayoría nos proponen una inocencia que a veces nos vuelve a la infancia, a las ganas de jugar, de no entender siempre el por qué, nos regalan pureza de sentir por sentir y de reír, o nos invitan a la alegría de bailar.

En consonancia con los tiempos que corren, no son las categorías irrevocables ni las lógica aristotélicas las que nos satisfacen. La contemplación pasiva de un espectáculo es una convención que parece diluirse y comprendemos la potencia de una experiencia que nos interpela activamente, de una expectación que nos exige actividad, la interacción nos obliga a responder. La urgencia está en el seno mismo de la comunicación, los medios se desbordan, todo parece inasible e infinito y, al mismo tiempo, virtual. Lo real aparece como un concepto vago, impreciso, insuficiente ya para cuestionar tanto a la vida como al arte, o al espectáculo. La verdad está, entonces, en el seno mismo de la experiencia y la potencia expresiva en todos lados y en todos nosotros.

Así es que en esta edición el FIBA abundaron las propuestas transnacionales. Nos propusieron encontrarnos adentro y también afuera del teatro, en un recorrido por la ciudad como fue Remote Buenos Aires o en La partida, un cruce de danza y fútbol en Villa Soldati y Villa Lugano; o en la Biblioteca Nacional, en una obra íntima para dos personas como fue The Quiet Volume. Nos llenamos con la ternura infinita de escuchar una película relatada por nenes de nueve y diez años, en Blind Cinema, o terminamos todos bailando arriba del escenario de la mano de cuatro brasileros en Noite. Hubo juego hasta con los grandes clásicos, que vimos performateados en 38SM y The Tiger Lillies perfor Hamlet.

Remote BA de Stefan Kaegi

Dentro de las propuestas nacionales también la curaduría estuvo atenta a los desbordes, a lo metateatral, a los espacios confusos o abiertos, a la polisemia, a las propuestas que investigan la hibridación de lenguajes y de sentidos, a las obras que nos invitan tanto a la reflexión como al juego. Obras fascinantes cada una en su singularidad.

Paseamos en La velocidad de la luz, un recorrido conmovedor con mujeres mayores por el Barrio 31 de Retiro. En la obra Serie 3: trabajos improductivos recorrimos El cultural San Martín, nos escabullimos por los pasillos, depósitos, bambalinas y terminamos en la calle.  Cosas que pasan nos deleitó con sus múltiples juegos, con su sentido inacabado y con el bosque plantado al final. Artaud nos  hundió en malentendidos, en miseria, con una sordidez que se hacía gracia. En El ritmo (prueba 5) asistimos a una extraña sinfonía que es un complejo montaje de una investigación sobre el ritmo. Prueba y error nos desnudó el artificio teatral sin dejar de sumergirnos en los conflictos de los personajes, nos puso en la piel de una niña, que protagoniza la obra. 

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