¿A quién le importa lo que les pasa en la vida cotidiana a los trabajadores? ¿A quién le importa si un obrero de la construcción, un parrillero, una señora de la limpieza, un chofer de ómnibus o una vendedora de ropa, se enamora de alguien o se imagina un mañana mejor? ¿A quién, si más allá de comer, dormir, cumplir sus tareas, esas personas tienen un día mejor que otro en el trabajo? ¿Quién quiere escuchar sus anécdotas al final de la jornada? Las traiciones nos delata en nuestros pensamientos más rígidos. Allí donde creemos que a nadie podría importarle aparecen las formas del arte que se preguntan qué le sucede a la clase trabajadora cuando la política, la justicia y la sociedad han dejado de intervenir.
Las traiciones nos presenta a tres personajes que tienen, cada uno, un objetivo y una pasión. Primero está Penélope que es la guardiana de los baños de un parador de ruta. En su representación clásica, es la que espera. Pero esta versión de Penélope, con una historia y un origen visibles en su propia corporalidad y relato, no podría jamás tener una espera pasiva. Es una trabajadora que sortea las adversidades; callada y obediente pero obstinada. No se deja convencer, ni manipular, ni correr de su camino. Aunque, si, se permite soñar.
Después está Ulises que es, como se diría, un hombre común: tan simple como todos. Un chofer que goza de las herramientas de este mundo. Gana más que una mujer, es dueño de su medio para trabajar y puede ahorrar para mejorar sus condiciones. Por último, está Helena. Otra trabajadora de la nocturnidad, menos soñadora, igual de compañera, y especialmente consciente de su condición en el mundo. “Qué castigo el trabajo”, repite y esa frase es como un llamado que aúna a las y los trabajadores del mundo. Esos que, gracias al trabajo, tienen un propósito; esos que, a pesar del trabajo, tienen una vida. Los que gracias al trabajo, tienen la posibilidad de encontrarse, de imaginar futuros, pero también quienes el trabajo les recuerda lo chiquita que se vuelve la vida a veces y lo puerca que puede llegar a ser si perdemos exactamente lo que tenemos.
La obra pone a estos personajes a interactuar con sus deseos y vulnerabilidades. A partir del eje de la traición y de la estética de la épica valida las necesidades de una clase trabajadora. Pone como estandarte que esas necesidades no deben ser las básicas (esas que cuando no las tenemos, nos dicen que es nuestro derecho, y cuando las tenemos, que pedíamos demasiado), sino pequeñas transformaciones, trascendencias dentro del universo de cada uno. El trabajo es un castigo, pero es un castigo nos pertenece. En una Argentina con creciente desempleo, Las traiciones activa una crítica negativa hacia las formas en que una persona alcanza su dignidad. A pesar del trabajo y gracias a él, Ulises, Penélope y Helena tienen una patria. La patria del saber hacer, la patria de hacer funcionar al mundo, todos los días, toda la vida.
El escenario de la obra es la noche, la ruta, un ómnibus de dos pisos y el baño de un parador. La puesta se divide en dos y los personajes se encuentran cruzando esos territorios simbólicos que representan sus trabajos. Hay un perfume de tragedia en el aire porque el signo de lo trágico configura a los personajes desde sus pasados. Ese perfume hace que no podamos predecir adónde va a parar la bomba final. La rabia, el amor y la pasión son chispazos que van creando imágenes a lo largo de toda la historia hasta llegar a un final con un clímax dramático, también esperanzador y de descomunal belleza.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Juan Andrés Romanazzi
Actúan: Paula Fernandez Mbarak, Ivan Moschner, Laura Silva
Vestuario: Aje Roppongi, Mauricio Vila
Escenografía: Aje Roppongi, Mauricio Vila
Iluminación: Pablo Rojas
Pelucas: Aje Roppongi
Caracterización: Aje Roppongi
Diseño sonoro: Paula Vargas
Video: Clara Romanazzi
Fotografía: Clara Romanazzi
Diseño gráfico: Ramiro Valle
Asistencia de dirección: Maria Florencia Laborde
Producción: Carola Parra
Dirección: Juan Andrés Romanazzi