El grotesco criollo siempre se cocinó en interiores opresivos: piezas chicas, techos que pesan, vidas apretadas. Las casas hereda ese clima y lo arrastra al presente sin nostalgia. En los pasillos compartidos ya no hay máquinas de movimiento continuo ni acordeones; ahora hay delivery bags, glitter y celulares que funcionan como prótesis afectivas.
Los inmigrantes de Las casas no son los italianos desconcertados de Discépolo, sino latinoamericanos del siglo XXI, con dolores contemporáneos: una escort tica, una rappitendera uruguaya, un performer paraguayo, una esteticista venezolana, un y una francesa perdida en una Buenos Aires exótica. Cada uno con un pedazo de mundo a cuestas, que se combinan en un pequeño planeta tambaleante, atravesado por la inminencia de algo que quiere estallar: miedo, deseo, soledad.
Todos los personajes conviven en dos PHs que pertenecen a Clara, una química que “la pegó” en los años ‘90 inventando el Pronto Shake. Un emprendimiento absurdo que la hizo rica y le dio permiso para borrar su pasado. Con su hit huyó del barrio, pero dejó atrás a su hijo: Adriano, un malandra que no logra (no intenta) levantar cabeza. Un adolescente de 40 años, rodeado de fracasados con orígenes diversos y dolores compartidos. Tratando de sobrevivir como pueden, con sueños de progreso tan fracasados como los tanos que los precedieron.
Maruja Bustamante retoma en Las casas eso que ella misma llama “la poética de Discépolo”: personajes al borde del delirio, pequeños fracasos que se vuelven universales, interiores cargados de objetos y de expectativas rotas, monólogos y la búsqueda infructuosa de “salvarse”. Juega como buen grotesco con un equilibrio inestable entre lo risible y lo trágico.
Pero Las casas también es una obra del ahora, y entra sin rodeos en temas calientes: el aborto; la tiranía de la estética que devora identidades; la precariedad laboral, la violencia del capitalismo.
Las casas se planta para ofrecer una versión de grotesco criollo que no murió: solo cambió de acento y de pesadillas. Y sigue, como siempre, riéndose para no llorar.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Maruja Bustamante
Actúan: Maruja Bustamante, Belén Gatti, Yanina Gruden, Bárbara Massó, Alfredo Staffolani, Paula Staffolani, Juan Zuluaga Bolivar
Voz en Off: Marilú Marini, Helena Tritek
Vestuario: La Polilla Vestuarios, Gus Alderete
Escenografía: Victor Salvatore
Iluminación: Sebastián Evangelista
Sonido: Jochu Ocampo
Fotografía: Lau Castro
Asistencia de dirección: Valentina Durante
Producción: Valeria Casielles
Producción general: Carolina Martin Ferro
Curaduria: Mercedes Halfon
Dramaturgista: Marina Jurberg
Dirección: Maruja Bustamante